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¿Qué está permitido en la relación matrimonial?
Para entender lo que está permitido en las relaciones conyugales es necesario primero apreciar que estas relaciones se ubican dentro de un gran plan de Dios. Hay muchos que se han alejado tanto de este maravilloso plan divino que ni siquiera le conocen y si se les explica les parece imposible, porque viven dominados por sus pasiones. Sin embargo, al entender y respetar el valor cristiano de la sexualidad, el matrimonio es capaz de expresar un amor auténtico que les llevará a la deseada felicidad.
Las relaciones conyugales tienen dos fines: El amor unitivo del matrimonio y la procreación de los hijos (apertura a la vida). Las relaciones sexuales constituyen un lenguaje con el que la pareja se dice mutuamente: "yo te amo incondicionalmente, fielmente, para siempre y con todo mi ser. Estoy comprometido/a a formar contigo una familia". La honestidad exige que este lenguaje sea verdadero, que de hecho se viva la sexualidad como don en el matrimonio respetando sus fines. Si se pierde la visión espiritual y se olvidan los fines del matrimonio, se reduce la relación sexual a un deseo centrado en el placer y se pervierte el hermoso don de la sexualidad.
La apertura a la vida es contraria al uso de anticonceptivos. Este aspecto de la sexualidad lo tratamos en otra oportunidad. Vamos aquí a tratar sobre el amor unitivo. El matrimonio es una alianza de amor que se expresa en la totalidad de la relación. En ese contexto, es normal y bueno que dentro de la relación conyugal haya muestras del amor que los une y les hace felices de estar juntos. Estas muestras de amor son muy diversas e íntimas y se deben aceptar como un don de Dios y del cónyuge.
Lamentablemente nuestra cultura le da más valor al placer sexual que a los compromisos del amor conyugal (respeto a la dignidad de la persona, fidelidad, entrega, etc). Cuando la persona se deja llevar por esta mentalidad se va encerrando en sus fantasías y queda atrapado por sus deseos carnales de manera que estos le dominan y le ciegan. Cuando esta actitud se lleva a la relación conyugal se cae en una mentira porque se pretende expresar algo que no es cierto. En vez de amar, se utiliza al cónyuge grosera y egoístamente. En vez de relacionarse como esposos que se aman, se busca al otro como objeto de placer. Entonces, si no se produce el placer anticipado se aumenta la explotación... se utilizan videos, libros eróticos, artefactos... También hay quienes recurren a fantasías en las que se quiere incluir a otras personas en la intimidad matrimonial. Sea en la forma que sea, aunque de pensamiento, si es consentido, constituye una forma de adulterio que es un grave pecado contra Dios y contra el amor conyugal cristiano. Nadie tiene derecho de imponer semejantes aberraciones a su cónyuge. Son denigrantes e indignas de personas que se aman. Estos comportamientos no se deben jamás aceptar. Si se permite una vez o en alguna forma, se abre el camino para que se arraigue el vicio y después será más difícil detenerlo. Para evitar estas cosas es necesario continuamente cultivar y proteger la visión cristiana del matrimonio y evitar las tentaciones que el ambiente presenta.
Se debe de aclarar que no es el placer lo que es malo sino el anteponerlo al amor. Como la carne tiende fuertemente a irse tras el placer, esta tendencia sólo se vence cuando se entrena el corazón, renunciando las impurezas y dedicándose al servicio generoso. De lo contrario, los apetitos carnales van tomando fuerza y se imponen. La capacidad de amar se va reduciendo proporcionalmente.
A quien diga que se siente dominado por el placer se le recomienda que haga un retiro espiritual. Necesita un encuentro con Cristo ya que sólo Él puede sanarle. Si está casado puede ayudarle a redescubrir el amor hacia su esposa. Un amor que se exprese en todo momento, no sólo cuando se la desea. El amor se fundamenta en el darse en el servir. El Señor se encargará de llenarlos a los dos de felicidad en esa entrega.
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