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¿Un hijo sacerdote?

Ser madre de un sacerdote, ¿Por qué no?, yo lo soy, y de 2. Es una gran suerte, porque cuando me escogieron para recibir la Santa comunión en la Carlota, durante la última estadía de su Santidad Juan Pablo II y la recibí de sus manos, fui electa, precisamente por esa razón, por ser madre de 2 sacerdotes, y también por ese motivo hoy he querido compartir con ustedes algunas de mis experiencias.

Recordando en días pasados, los sucesos importantes que han marcado mi vida podría decir que el primer fue cuando me casé con un hombre bueno y piadoso; él, aunque al principio no me lo dijo, pidió siempre a Dios tener un hijo sacerdote y en lo que a mí se refiere, habiendo conformado junto con él, una familia de 6 hijos y 13 nietos, también sentí el deseo en un momento dado de pedírselo a Dios.

Nuestras oraciones fueron oídas, se dio con naturalidad; Primero, el mayor de todos y años más tarde el más pequeño, sin merecimiento alguno por nuestra parte, y sólo por la gracia de Dios, recibimos ese gran regalo, y no les podía decir otra cosa, sino que he sido y soy la mujer más feliz del mundo, que siento un gran orgullo por mis hijos y que me siento responsable delante del Señor, porque cuando ellos están en el altar haciendo las veces de Cristo, (porque son otros Cristos en el momento de la consagración), no me queda sino darle gracias a Dios una y otra vez, pedirle perdón por mis faltas y pedirle su ayuda.

Hablar del sacerdocio de mis hijos es hablar de la vocación, vocación de entrega y de sacrificio, y así, como los casados se deben uno al otro, los sacerdotes se deben a las almas. En la vida de los hijos y en sus decisiones, debe haber respeto, confianza en ellos, debemos respetar su decisión de escoger el camino que ellos vean como lo mejor. He pensado siempre que los hijos son de Dios, nosotros los traemos al mundo, pero son como prestados por un tiempo, tiempo que debemos aprovechar para formarlos cristianamente, educarlos, enseñarles principios y valores y de prepararlos para la vida lo mejor posible, y luego estar a su lado cuando lo necesiten porque la función de los padres no se acaba nunca, ni aún después de muerte, porque desde el cielo podemos ayudarlos.

He tratado de ser una madre objetiva, sé que mis hijos son hombres como todos, con sus virtudes, talentos y también con sus defectos y limitaciones, y es por eso que me siento con un gran deber y obligación de rezar mucho por ellos, para que sean santos, fieles y con un gran espíritu de entrega y servicio a todos. Con frecuencia, me hacen preguntas como; ¿Qué hicieron ustedes para tener dos hijos sacerdotes?, ¿Ustedes le veían la vocación desde pequeños?, ¿Ellos rezaban todo el tiempo?, ¿Fueron buenos estudiantes?, ¿Fueron buenos hijos?, ¿Fueron buenos amigos?, y a estas preguntas siempre hay respuestas diferentes, como diferentes son cada uno de mis hijos.

De mis cuatro hijos varones, a algunos les gustaban muchos las fiestas, a otros no tanto. Unos eran más rezadores que otros y no precisamente los sacerdotes, la verdad que como siempre Dios nos sorprende con el llamado de nuestros hijos, pero la pregunta que me hacen con mayor frecuencia, es si ellos están conmigo y si cuentan con mi ayuda, y yo les puedo decir con toda sinceridad que así como el resto de mis hijos están casados y con la responsabilidad de una familia, mis hijos sacerdotes están casados con la iglesia y también tienen la responsabilidad de sacar adelante la gran familia espiritual de la comunidad donde laboran y de la cual son responsables. ¿Y con cuál de ellos cuento? Con todos, pero más podría decir con los que han escogido el camino del sacerdocio, porque a la hora de cualquier necesidad están conmigo incondicionalmente, aunque debo decir que les respeto mucho su tiempo y sus limitaciones, en un momento dado, y es por eso que ser madre de un sacerdote, implica, un sacrificio de nuestra parte porque tenemos que saber ocupar un segundo o tercer plano, ser prudentes, humildes, ser oportuna cuando lo necesitan, ser generosa, ayudarlos en todo lo que podamos, saber apoyarlos, entenderlos y aceptarlos como son a sabiendas de que están luchando para ser mejores, para dar buen ejemplo, para ayudar a todos por igual y sobre todo, pienso que lo más importante es saber respetar su decisión de servir a Dios como sacerdotes.

Y para finalizar quisiera pedirles a los padres que leen este texto que nunca se opongan al derecho que tienen los hijos de escoger su propia vida, que recemos por los sacerdotes, pidiéndole a Dios para que sean buenos, fieles, apostólicos y santos, que no olviden que ellos cuentan con nosotros siempre.

Si quieres compartir una historia o una reflexión con nosotros, puedes enviarla al siguiente correo electrónico: iglesiavirtual@mipunto.com

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