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26 de abril

San Isidro de Sevilla

Entre una familia de santos, el niño Isidoro era la oveja negra: rudo, desatento y poco aplicado. Sus padres murieron siendo éste muy niño, por lo que quedó al cuidado de sus hermanos, que lograron con mucho esfuerzo enderezar su camino.

Cuando era ya un jovencito, entró en la carrera eclesiástica y ayudó a su hermano Leandro, arzobispo de Sevilla, en la conversión de los visigodos. Dedicó todo su tiempo libre a orar y a estudiar, haciéndose un experto en todos los escritores antiguos, tanto sagrados como profanos.

Cuando murió su hermano, le sucedió en el obispado de Sevilla. Fundó una ilustre escuela en la que se educaron muchos hombres santos y escribió multitud de obras sobre ciencia y religión. Era tan grande su sabiduría que, aunque se había acordado que el cargo de primado de España correspondería al arzobispo de Toledo, era San Isidoro quien presidía las reuniones del sínodo y los concilios de obispos españoles.

Desde hace siglos se le venera como doctor de la Iglesia. Con los años su salud fue empeorando, pero nunca interrumpió sus ejercicios cotidianos ni sus labores eruditas y pastorales. Sus caridades eran tan reconocidas que los pobres de toda la ciudad de Sevilla se congregaban alrededor de su casa, e incluso, acudían necesitados de todos los rincones de la Península.

Cuando sintió próxima su muerte, oró y pidió perdón en voz alta por sus pecados y por las ofensas que hubiera podido cometer. Tras recibir los sacramentos, marchó tranquilamente a su casa y murió allí, en paz.



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