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20 de abril
Santa Inés de Montepulciano y Santa Catalina de Siena
Junto con Rosa de Lima, estas dos mujeres forman el gran trío de las santas dominicas. Catalina, en su Diálogo, pone en boca de Jesucristo las siguientes palabras: “La dulce virgen Santa Inés, que desde la niñez hasta el fin de su vida me sirvió con humildad y firme esperanza sin preocuparse de sí misma”.
Inés ingresó en un convento a los nueve años de edad, y a los diecisiete ya era abadesa. Vivía como una auténtica penitente: su cama era el suelo, con una piedra como almohada, y se alimentaba sólo de pan y agua.
Después de recuperarse de una grave enfermedad, fundó un nuevo monasterio sobre las ruinas de un burdel, en Montepulciano, y lo puso bajo la regla de la orden de Santo Domingo. Vivió allí el resto de su vida, bendecida por éxtasis, visiones y milagros, aunque Inés seguía profesando la mayor humildad. Murió tras una larga enfermedad que afrontó con paciencia, valor y esperanza.
Santa Catalina de Siena es doctora de la Iglesia desde 1970, a pesar de que no sabía escribir: tuvo que dictar todas las obras que nos ha dejado. Ingresó de joven en la orden terciaria de Santo Domingo y durante bastantes años fue una virgen penitente que afrontaba con valor las peores tentaciones.
Al fin alcanzó la unión mística con Dios, siendo bendecida con éxtasis y visiones. Se dedicó a los enfermos durante una plaga que asoló su región, y se dice que muchos se congregaban sólo para verla y oírla.
Durante el Gran Cisma de Occidente, fue consejera de los papas divididos entre Roma y Avignon. La Iglesia, que había perdido de vista el Espíritu para sumergirse en la política, no pudo buscar mejor mediadora que esta santa, asceta y mística, que recordó a los príncipes eclesiásticos que su primer deber era servir a Dios.
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