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23 de febrero
San Policarpo
Este anciano lleno de virtud, llamado en su época “padre de los cristianos” incluso por los que no lo eran, gozó de una particular veneración por haber sido discípulo de San Juan Evangelista.
Abrazó el cristianismo siendo muy joven y fue nombrado por su maestro obispo de Esmirna hacia el año 96. Durante su apostolado formó a muchos futuros santos y mártires, desarrollando su labor evangélica no sólo en su diócesis, sino también escribiendo cartas a otras iglesias.
Ya octogenario, Policarpo viajó a Roma para tratar con el Papa Aniceto sobre ciertos puntos litúrgicos y, a su regreso, hubo de enfrentarse a la persecución. San Eusebio nos cuenta que, tres días antes de que le prendieran nuestro santo tuvo una visión en la que su almohada era consumida por el fuego; supo entonces que su destino era ser quemado vivo.
Se escondió entonces el obispo en una aldea cercana a Esmirna, pero fue traicionado por un niño y descubierto. Cuando los soldados se presentaron ante su puerta, Policarpo les instó a entrar y les dio la cena, pidiéndoles sólo algún tiempo para rezar antes de marcharse.
Llevaron a Policarpo ante el procónsul, y éste le ordenó que blasfemara contra Cristo. El santo replicó que había servido al Salvador durante más de ochenta años y le había ido bien, de modo que ¿por qué iba a insultarlo?
Su actitud asombró al procónsul, pero aun así hizo público que se había confesado cristiano y el pueblo pidió que muriera quemado. Al encenderse la hoguera, se cuenta que las llamas rodeaban a Policarpo, por lo que hubo que matarlo con una espada. Manó tanta sangre de la herida que el fuego se apagó. Su cuerpo, sin la menor quemadura, tenía el mismo color que el pan cocido y desprendía un olor a incienso y mirra.
En recuerdo de esa almohada con la que soñó, siglos más tarde San Policarpo será invocado contra el dolor de oídos.
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