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20 de febrero

San Euquerio

Euquerio nació en Orléans, rodeado de libros entre los que pasó su juventud. Adicto al estudio, no había ningún conocimiento que se le antojase superfluo. Bien pudo hacer suya la máxima de aquel emperador romano: “Humano soy y nada humano me es ajeno”.

Entre sus múltiples lecturas estaban Las Sagradas Escrituras en las cuales Euquerio era todo un experto. En una ocasión en que leía a San Pablo, una frase le caló profundamente: “La sabiduría del mundo es necedad ante Dios”. ¿La obra de su vida no significaba nada para el Creador? Tras mucho meditar, Euquerio optó por modificar su camino y tomó los hábitos monacales en la abadía normanda de Jumiéges.

Por obediencia y respeto a la voluntad de su pueblo aceptó ser Obispo de Orléans, pero todos los cronistas coinciden en que lloraba en su consagración, temiendo que la dignidad episcopal le hiciera caer de nuevo en el orgullo. Defendió los intereses de la Iglesia y de sus feligreses con tanto fervor que llegó a enemistarse con los poderosos, lo cual le valió una sentencia de destierro emitida por el mismísimo abuelo de Carlomagno.

El exilio fue una bendición para Euquerio, que así encontró la excusa deseada para volver a la celda de un convento, esta vez entre los benedictinos de Lieja. Hoy podemos pensar que dedicarse al saber no es un pecado. A Dios, sin duda, le place que sus hijos conozcan lo mucho que Él ha creado para nosotros. Pero lo que definitivamente Dios no debe querer es que nos dediquemos a los libros como si fueran nuevos ídolos, adquiriendo unos vastos conocimientos que ni compartamos con nuestros hermanos, ni utilicemos para glorificar a Dios y mejorar la vida de nuestros semejantes.



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