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26 de enero
Santa Margarita, Princesa de Hungría
Santa Margarita renunció a los privilegios de la sangre real desde muy niña para internarse en un convento. Su extrema devoción y su fe ciega en Dios lograron que fuera bendecida con los dones del milagro y la profecía. Sus padres, los reyes de Hungría, la consagraron a Dios antes de su nacimiento y a los tres años y medio fue llevada a un monasterio de monjas dominicas.
A los diez años fue trasladada a otro convento de la misma orden, situado en una isla que hoy se conoce por el nombre de la santa. Pronunció los votos a los doce años.
Gracias a sus continuas oraciones, recibía mensajes procedentes del cielo. Tenía una extrema vocación de servicio, y siempre fue su empeño que nadie reparase en ella, como si no fuera importante, como si apenas existiera. A pesar de su salud extremadamente frágil, ocultaba sus enfermedades para que no se le dispensara de ninguna de sus obligaciones.
En vigilia no probaba ni agua ni pan, pasando la noche en oración. Era tan humilde que si creía haber ofendido a alguien, se arrojaba al suelo implorando su perdón. Sus principales devociones iban dirigidas a Jesús Crucificado y a la Virgen María.
Besaba continuamente un pequeño crucifijo de madera que llevaba consigo, repitiendo a menudo el nombre de Jesús para sentirse reconfortada. Solía caer en éxtasis durante las eucaristías, y lloraba con frecuencia sintiéndose inundada por el amor de Cristo. A los veintiocho años, desde una breve enfermedad, entregó su alma completamente pura a Dios.
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