 |
|
|
 |
8 de enero
San Severino
Patrono de Viena, Austria y Baviera, llegó el año 454 a la Nórica, como apóstol.
Sufrían ya aquellas fronteras del Imperio Romano la inminente sacudida de bárbaros y hunos.
En Austria, a orillas del Danubio, nadie conoce su patria ni su edad. Para el mensajero del evangelio sus años son la eternidad y su patria el Reino de Cristo en todo el mundo y en el cielo. Habla en latín, pero sabe mucho del Oriente, desde Egipto a Jerusalén y Bizancio.
Un personaje de origen desconocido, eremita sin patria que se niega a decir el lugar de su nacimiento, su pasado es un misterio. No es sacerdote ni está investido de ninguna autoridad, pero al poco de llegar a la región danubiana, aquella Nórica que corresponde aproximadamente a la Austria actual y que era camino obligado de las invasiones bárbaras, todo el mundo le reverencia y le obedece. Cristianiza las orillas del Danubio desde Viena a Passau fortaleciendo la fe de los indígenas, amansando sorprendentemente a los feroces guerreros que cruzan aquellas tierras en busca del sur (Odoacro, rey de los hérulos, que pronto será dueño y señor de toda Italia, sentía por él un gran respeto) y poniendo las bases de un orden y una civilización que sirvieran de dique a la tumultuosidad de los tiempos.
Se niega a ser obispo, pero funda monasterios, rescata cautivos, sustenta a los pobres, es un vivo ejemplo de caridad, robustece la disciplina e incluso se muestra experto en cuestiones militares, organizando retiradas estratégicas. Anuncia la vida eterna y se ocupa al máximo de la presente, y al morir los que le han conocido se sentirán huérfanos.
El año 482 en la fiesta de Epifanía, anuncia su muerte, aconseja a cristianos y religiosos su fidelidad al evangelio entre las invasiones que se avecinan, y después de recibir el viático, muere santamente cuando sus acompañantes cantaban el salmo: Alabad al Señor en sus Santos.
Un barrio de Viena, Sievering, le debe su nombre, y Austria le reconoce como su primer apóstol. Seis años más tarde, ante la irrupción de los bárbaros, sus cristianos descubren el cuerpo de San Severino incorrupto, y en una carreta lo llevan con ellos hasta Luculanum, Nápoles; y de allí pasaría después al monasterio de San Severino.
« REGRESAR |
 |
 |
|
|
|
 |
|
 |
|