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30 de diciembre
Traslación de Santiago
El fogoso Santiago que tiene su fiesta en julio también está presente en los gélidos días del fin de año con el recuerdo de una leyenda española que ha acabado por convertirse en carne histórica de la misma España.
Después de morir, Santiago gana una batalla de evangelización en la extremidad del mundo conocido, junto al finisterre. En su múltiple representación de apóstol, peregrino y caballero, Santiago no se conforma con descansar después de los afanes de su vida y de su martirio, y desde el puerto de Jaffa se nos dice, sus restos viajan por el mar mientras sus discípulos “suplican afectuosamente al Señor que los guíe y enderece a aquella parte donde quería que el santo apóstol fuese sepultado”.
El navío llega a la costa de España, y entrando por el estrecho de Gibraltar y rodeando sus dos lados de Oriente y mediodía, finalmente llegó a Galicia, a la ciudad de Iria Flavia, que ahora se llama Padrón. De allí fue llevado el santo cuerpo a Compostela, y puesto en un arca o sepulcro de mármol donde estuvo encubierto por más de quinientos años, hasta que en tiempo del rey don Alfonso el Casto, Dios le reveló por medio de "muchas luces".
En aquel «campo de estrellas» compostelano, en la segunda década del siglo IX, Teodomiro, obispo de Iria Flavia descubre el sepulcro, y éste es el origen de la basílica actual, de la ciudad y del camino santiagués que durante siglos atrajo peregrinos de todos los confines de Europa.
«Luego comenzó el santo apóstol», prosigue Ribadeneira, «a mostrar a los españoles su favor en las batallas que tuvieron contra los moros, y diversas veces fue visto armado de todas armas ir delante de los escuadrones de los cristianos y pelear con fuerzas del Cielo hasta desbaratar los ejércitos de los bárbaros y alcanzar de ellos gloriosa victoria». No es éste, claro está, un santo apacible, tal vez por eso se encomendó a la devoción de los españoles.
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