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5 de diciembre
San Sabas
Mar-Saba, en el desierto de Judea que separa Jerusalén del Mar Muerto, es uno de los monasterios todavía ocupados más antiguos del mundo, ya que se fundó hacia el año 478. Reliquia de los primeros siglos de la Iglesia, su bárbara tosquedad armoniza con la aspereza y la desolación de un paisaje inhumano.
En sus orígenes, Mar-Saba fue la obra de un extranjero un capadocio de Asia Menor, que muy joven aún, decidió quedarse en Palestina para hacer vida ascética y solitaria. Más adelante se convirtió en el maestro y modelo de los eremitas de la región, y el nombre de Sabas fue el más venerado e ilustre de aquellas tierras.
La suya es una historia impresionante de larguísimos años de penitencia, ejemplo, dirección espiritual y ya famoso en su vejez, de lucha por la ortodoxia amenazada por los herejes. Al dominio de sí mismo y a la renuncia al mundo se unió así, en los tiempos finales, la intransigencia heroica y batalladora por la fe.
Pero extraigamos de esta prodigiosa vida el episodio magnífico de su última estancia en Constantinopla, ya nonagenario, con la pretensión de que le recibiera el gran emperador Justiniano, para urgirle que defendiera al cristianismo en toda su pureza.
En la pompa del palacio, ante el Basileus comparece la sombra macerada y ardiente del eremita. El emperador le escucha, atiende sus razones y antes de que se vaya quiere darle dinero, que Sabas como era de esperar rechaza porque dice no necesitarlo. Entonces Justiniano pide su bendición, que desciende sobre la cabeza imperial con el añadido de una propina profética que le anuncia conquistas en África, Italia y España. Como quien regala un sueño de poder efímero, mientras él vuelve a su caverna para esperar la muerte.
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