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10 de octubre

Santo Tomás de Villanueva

En 1488, muy cerca de Villanueva de los infantes, en Fuenllana, nació Santo Tomás de Villanueva, un obispo español que en la época de Lutero supo hacer la reforma que la iglesia precisaba, pero desde dentro de la iglesia, gracias a su inteligencia, seriedad, tenacidad, inflexibilidad, dulzura y extrema caridad. El emperador llegó a decir de él: “Tomás no pide nunca, siempre ordena”.

Humanista como pocos, este hombre de su siglo, de su iglesia y de su Dios supo serlo de su tiempo y se ofreció al mundo en una imagen múltiple: profesor, predicador, místico, reformador, asceta, limosnero, etc. Cursó estudios en la Universidad de Alcalá, de la que pronto llegaría a ser maestro admirable, tanto por sus conocimientos de las ciencias humanas y religiosas como por la suavidad de su trato, la rectitud de su conducta y su facilidad expositiva.

Como Lutero, abandona el claustro universitario para ingresar en la orden de San Agustín y ordenarse sacerdote en 1520. Resulta ser un predicador de palabra encendida, aunque sobrio y extremadamente ajustado a la fe de la iglesia.

Nombrado Arzobispo de Valencia, dedicó su inagotable energía a dos tareas fundamentales: la reforma de la disciplina eclesiástica y la caridad, el oficio de limosnero, ya que el episcopado puso en sus manos enormes sumas de dinero que él, con gran escándalo de cuantos le rodeaban, se apresuró a repartir entre los pobres e invertir en obras sociales y de caridad. Llegó a repartir hasta el jergón en que descansaba su cuerpo enfermo.

“No moriré hasta que sepa que no me queda nada en este mundo”, afirmó antes de que en Turia, y cuando no le quedaba nada, entregó su alma al Señor junto a quien todo lo había atesorado.

Cuando le era enviado alguno de los que se revelaba contra la iglesia, se encerraba a solas con el acusado y se flagelaba las espaldas y les explicaba, ante la sorpresa que manifestaban por su acción: “Hermano, mis pecados tienen la culpa de tu error, por eso es justo que sufra yo el castigo que a ti podría aplicársete”.

Fue canonizado por Alejandro VII en 1658.



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