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4 de octubre

San Francisco de Asís

Se hace muy difícil, si no imposible, encontrar en el santoral alguien que se identifique con el ideal evangélico en mayor grado que Francisco de Asís, aquél a quien Rubén Darío cantó como “El varón que tiene corazón de lis, alma de querubín y lengua celestial, el mínimo y dulce…”.

Y es difícil porque hizo hasta tal punto norma de vida las bienaventuranzas evangélicas, que quiso ser tan pobre como las avecillas del cielo y poner siempre el mañana en manos del Señor, mantener el corazón puro, el alma libre de otras ataduras que el amor a Dios, y porque llevó hasta tal extremo el mandato del amor que supo sentirse hermano hasta de la muerte, tras serlo de todos los seres vivientes.

Quiso y supo renunciar a todas las riquezas y la vida fácil que la posición de su padre, un poderoso mercader, abría ante él y repartir entre los pobres no sólo sus propias riquezas, sino lo que la caridad ajena ponía en sus manos día tras día; al tiempo que él, ejemplo de humildad, se encaraba con valentía a la sociedad en que había nacido y a su propio padre para denunciar el mal uso que venían haciendo de las riquezas que el Señor había puesto en sus manos.

Aún más, sin faltar a la obediencia y a la humildad, supo defender con heroísmo sus ideales evangélicos frente a los conformismos de algunos sectores acomodados de la iglesia de su tiempo. En 1209, cuando contaba con 28 años de edad, se le adhiere un reducido grupo de discípulos que dan origen al núcleo fundacional de los hermanos menores. Tres años después, dirige la fundación por Clara de Asís de las damas pobres, las clarisas. Y diez años más tarde, y bajo su tutela, surge la orden tercera de penitencia, que agrupa a seglares deseosos de seguir los pasos del poverello.

Misiona por Italia, Francia y España, al tiempo que por Tierra Santa, Egipto y Oriente. A su regreso, es relevado en el gobierno de la orden que ha fundado por quienes consideran excesivo el rigor de vida a que deben someterse y, en la soledad de su retiro, quien se había identificado hasta tal punto con las enseñanzas de Cristo, recibe en su carne la impresión de unas llagas como las que él sufrió.



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