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26 de septiembre

Santos Cosme y Damián

Cuanto se sabe de la vida y del Martirio de los Santos Cosme y Damián se debe a una devota fantasía y las narraciones legendarias históricas poco comprobables. Sufrieron el martirio en Ciro (Kyros, en Siria), pero no sabemos cuando. Probablemente durante la persecución de Diocleciano, a comienzo del siglo IV. La fecha del 27 de septiembre (que el nuevo calendario ha colocado al 26, porque la memoria de San Vicente de Paúl quedó obligatoria) corresponde probablemente a la dedicación de la basílica que el Papa Félix IV hizo construir en su honor en el Foro Romano, y que ahora es meta más de turistas que de devotos por el espléndido mosaico que adorna el ábside.

La rica y espléndida familia florentina de los Medici, que durante muchos años rigió la suerte de la laboriosa ciudad, los eligió como patronos por el nombre, aunque en la onomástica prefirieron al primero de los dos hermanos, Cosme o Cósimo. Que se trate de dos hermanos es sólo una opinión, basada en la leyenda, que se formó sobre dos mártires del siglo V. Por esta leyenda sabemos que los dos hermanos curaban “todas las enfermedades, no sólo de los hombres, sino también de los animales, haciéndolo todo gratuitamente”. No porque lo hicieran todo gratuitamente, sino por su profesión fueron escogidos como patronos de los médicos y de lo farmaceutas.

Según la misma leyenda, una vez Damián, contrariando la regla de la caridad, aceptó la remuneración de una mujer a quien había curado, llamada Paldia, y esto causó un severo reproche por parte de su hermano, que en señal de protesta no quiso que lo enterraran a su lado después de su muerte. Seguramente hubo testigos, pues después de su decapitación los cristianos pensaron en enterrar los dos cuerpos uno lejos del otro. Pero un camello, tomando voz humana, gritó que reunieran a los dos hermanos, porque Damián había aceptado los honorarios que le había dado Paldia en nombre de la caridad, es decir, para que la mujer no quedara humillada. El prodigio no debió maravillar a los presentes, que probablemente habían asistido al martirio de lo dos hermanos: condenados a la lapidación, las piedras saltaban contra los perseguidores; colocados contra una pared para ser saeteados por cuatro soldados, las flechas “Volvían atrás y herían a muchos, pero a los Santos no le hacían ningún daño”.

Entonces tuvieron que recurrir a la espada para la decapitación, “honor” reservado a los ciudadanos romanos, y sólo así los dos mártires, junto con otros hermanos, pudieron dar testimonio de Cristo.



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