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21 de septiembre
San Mateo
Mateo cobrador de impuesto, apóstol y evangelista: una fuga afortunada del dinero por su servicio al mensaje cristiano, en perfecta pobreza. En su Evangelio, el primero en orden cronológico, él habla del recto uso del dinero más que los tres evangelistas: “No acumuléis tesoro sobre la tierra, en donde la polilla y el moho los consumen, y en donde los ladrones entran y roban; más bien acumulad tesoros en el cielo”, “No podréis servir a Dios y al dinero”.
Sin embargo, fue Judas y no Mateo el encargado de manejar los fondos de la pequeña comunidad apostólica; Mateo deja el dinero para seguir al Maestro, mientras Judas lo traiciona por treinta monedas. Cuando hablan del cobrador de impuesto llamado al seguimiento de Cristo, los otros evangelistas, Marcos y Lucas, hablan de Leví; Mateo, en cambio, prefiere llamarse publicano, que es como decir usurero “para demostrar a los lectores que nadie tiene las esperanzas de salvación, si se convierte a una vida mejor”.
Mateo, el rico recaudador, responde con entusiasmo a la llamada del Maestro. En su Evangelio él calla humildemente este alegre detalle, pero la noticia nos la transmite Lucas: “Leví preparó (al Maestro) un gran banquete en su propia casa: muchos publicanos y otra gente se sentaron a la mesa con ellos”.
Después, en silencio y con discreción se habrá liberado del dinero, haciendo el bien. En efecto, es él quien refiere la advertencia del Maestro: “Cuando des limosna, que tu mano izquierda no sepa la que hace la derecha, para que tu limosna quede en secreto, y tu Padre que ve en lo secreto te lo recompensará”.
Después del episodio de la llamada, el Evangelio recuerda a Mateo una sola vez, hablando de la elección de los apóstoles. De la obra de San Mateo, después en Pentecostés, sólo conocían las admirables páginas de su Evangelio, dirigido particularmente a los hebreos y que lo caracterizan los cincos grandes discursos de Jesús sobre el Reino de Dios: probablemente fue escrito antes de la destrucción de Jerusalén, que sucedió en el año 70.
Una antigua tradición recuerda que Mateo, como jefe misionero, “no compareció ante los jueces para dar testimonio”, es decir, no murió mártir. En cambio, otras fuentes, menos seguras, se alargan describiendo los sufrimientos y el martirio del evangelista, lapidado, quemado y decapitado en Etiopía, en donde las reliquias del Santo fueron llevadas primero a Paestum, en el golfo salernitano, y en siglo décimo a la misma Salerno, en donde todavía hoy se le venera.
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