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3 de septiembre
San Gregorio Magno
Gregorio nació en Roma, hijo de un senador. Tenía sólo treinta y cuatro años cuando fue nombrado Prefectus urbis, pero después de la muerte de su padre lo dejó todo para hacerse benedictino: donó su propio palacio en la ciudad para convertirlo en un monasterio en honor de San Andrés.
Había sido elevado al gobierno de su monasterio cuando proyectó la idea de evangelizar a los ingleses. Estando un día en el mercado, un comerciante trató de venderle unos jóvenes extranjeros como esclavos. Gregorio les preguntó de dónde eran, y ellos respondieron que de Gran Bretaña. Al saber que estas tierras aún no habían recibido la luz de Cristo, decidió embarcarse hacía las islas para predicar, pero su proyecto fue detenido por el Papa Pelagio II, que lo envió a Constantinopla como nuncio.
Regresó al cabo de los años para ser secretario del Sumo Pontífice. Cuando Pelagio murió, el senado y el pueblo de Roma eligió unánimemente a Gregorio como nuevo Papa, a lo que nuestro Santo se opuso con todas sus fuerzas; parece ser que hasta llegó a tramar su huida. Sin embargo, al final aceptó y fue consagrado el 3 de septiembre del año 590.
Desde entonces fue un gran Pontífice, tan humilde que adoptó el título de “Siervo de los siervos de Dios”. Reformó la música de la Iglesia, creando el llamado canto gregoriano, y puso siempre mucho énfasis en la obligación de predicar que tenía todo el clero.
Se conservan sus 40 homilías sobre los Evangelios, que nos muestran un estilo sencillo pero profundo, capaz de llegar a todos. Rigió la cristiandad de un modo firme y eficaz, mientras en su soledad se permitía añorar el retiro del monasterio.
Logró un pacto con los lombardos, contuvo el cisma de Constantinopla, mandó por fin misioneros a Inglaterra y ejerció siempre su autoridad con gran moderación. Después de una larga enfermedad, que no le impidió dedicar noches y días a su trabajo, murió a los sesenta y cuatro años de edad.
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