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4 de agosto
San Juan María Vianney
Conocido y amado como “el cura de Ars”, un pueblito francés al norte de Lyón en donde ejerció su ministerio sacerdotal, Juan María Vianney es uno de esos hombres a quienes se aplican muy bien las palabras de San Pablo: “Dios ha escogido a los más insignificantes para confundir a los grandes”.
Este campesino de mente rústica, que nació en Dardilly, había pasado por la borrasca revolucionaria y la exaltante epopeya napoleónica sin casi darse cuenta. O mejor, durante algún tiempo tuvo que permanecer escondido por haber desertado del ejército napoleónico cuando se dirigía hacia España sin comprender la gravedad de su gesto, sólo porque no lograba marchar a tiempo con su batallón.
En el seminario le fue más difícil seguir a sus compañeros de estudio por la confusión mental que tenía ante cualquier paginita de filosofía o teología, hasta el punto que sus profesores, desanimados, desistieron de preguntarle. Uno de ellos le dijo al Vicario general: “¡Lástima!, porque es un modelo de piedad”. “¿Un modelo de piedad?- exclamó éste - Pues bien, yo lo llamo y la gracia de Dios hará el resto”.
En 1815 recibió las Ordenes Sagradas, pero no la facultad de confesar porque no lo consideraron idóneo para dirigir las conciencias. ¿Quién iba a imaginar que Juan Vianney llegaría a ser uno de los más famosos confesores que la historia recuerde?
Después de tres años de aprendizaje en Eully, bajo la guía del Párroco Balley, que tiene el mérito de haber vislumbrado en ese idiota “iluminado” los cultos carismas de la santidad, Juan Vianney pasó a Ars como vicario capellán y después como Párroco. Ars tenía doscientos treinta habitantes, que vivían en casas de paja. Los únicos centros de animación eran las cuatro tiendas con salas de baile, contra las cuales el joven párroco comenzó a tronar desde el púlpito. Tanta severidad hubiera debido acarrearle la enemistad de la gente.
En cambio a los 10 años Ars estaba completamente transformada. Tiendas desiertas e iglesia repleta. Porque la severidad del párroco iba acompañada de una inmensa bondad y generosidad. No tenía sino la sotana que se ponía todos los días. Era capaz de quitarse por el camino los zapatos y las medias si encontraba a un pobre diablo, con el que cambiaba hasta los pantalones, si los del mendigo eran peores que los suyos. Murió a los 73 años de edad.
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