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25 de junio

San Guillermo

Vercelli, la ciudad que vio nacer a San Guillermo, se encuentra entre Turín y Milán. Nada se sabe de él hasta que, a los catorce años, emprendió una peregrinación a Santiago, “a la vieja usanza”: descalzo y cargado de cadenas.

Después de visitar las reliquias del Apóstol, se retiró a una cueva del monte virgiliano (cerca de Nápoles) para llevar una vida de ermitaño. Al principio buscaba soledad pero, como no dejaron de acudir discípulos deseosos de ponerse bajo su disciplina, acabó construyendo un monasterio para ellos y consintió en ser su abad.

Les impuso la regla de San Benito, les dio un hábito blanco e inculcó en ellos el mayor respeto por el trabajo manual. Dependiendo de este monasterio se fueron fundando otros semejantes, pero pronto Guillermo se sintió coartado por tantas responsabilidades, y delegó en uno de sus discípulos la dirección de aquella obra y volvió a sus andanzas por toda Italia.

Pasó sus últimos años siendo un peregrino sin destino, un ermitaño errante que buscaba a dios en los caminos. La leyenda nos cuenta una curiosa anécdota sobre él. En uno de sus viajes llegó hasta Palermo, y los nobles de allí comenzaron a burlarse de su aspecto y de su forma de vida. Idearon una forma de tentar su santidad: contrataron a una prostituta para que acudiera al bosque donde él dormía, le dijera que estaba enamorada de él y que “estaba dispuesta a compartir su lecho aquella noche”.

Nuestro santo recibió a la mujer y, cuando ésta le dijo lo que había convenido con los cortesanos, Guillermo le pidió que esperase un momento. Encendió una gran hoguera y se tumbó en medio de las llamas, diciéndole a la prostituta: “¿no querías yacer conmigo? Pues ven y acuéstate junto a mí”. Cuando la mujer vio que las llamas no le hacían daño, se convirtió de inmediato y al poco tiempo profesó como monja.



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