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18 de junio

San Gregorio Barbarigo

Gran Obispo y Cardenal, Gregorio fue un príncipe de la Iglesia que participó muy activamente en la reforma de las costumbres del clero. Había nacido en Venecia, en el seno de una poderosa familia. Quedó huérfano de madre siendo muy joven, pero su padre le proporcionó una excelente educación con vistas a que en el futuro ocupara un cargo importante en la ciudad.

Tenía veinte años cuando fue enviado para acompañar al embajador Contarini a Munster. Allí, nuestro santo conoció a Fabio Chigi, nuncio de la Santa Sede, hombre que influyó muchísimo en él.

Cuando regresó a Venecia, su padre le había conseguido un puesto de magistrado. Gregorio empezaba a meditar la idea de tomar el hábito carmelita, pero aceptó el cargo por no defraudar a su padre. Sin embargo, pronto quedó convencido de que la vida política no era para él y tras mucho hablarlo con su familia, se trasladó a Padua para ingresar en el seminario.

Acababa de ser ordenado sacerdote cuando Fabio Chigi, ahora Papa con el nombre de Alejandro VII, lo llamó a Roma para ser su consejero. Vivió allí algunos años hasta que fue nombrado obispo de Bérgamo, con la misión de reformar aquella diócesis que se hallaba abandonada y sumida en los vicios. Por su buena labor fue nombrado cardenal y trasladado a la sede de Padua, donde tuvo que llevar a cabo la misión: reformar la diócesis.

En ambos destinos, Gregorio se caracterizó por el ejemplo de austeridad que daba a sus fieles. Erradicó los abusos, metió en cintura a los monjes y reformó las costumbres: por todo ello tuvo que enfrentarse a multitud de rebeliones en el seno mismo de su clero, que llegó incluso a planear su muerte.

Sin embargo, nuestro obispo continuó adelante, convencido de que había que quitar las armas a los que criticaban a la Iglesia del modo más simple: haciendo que la esposa de Cristo fuese una institución modélica.

Además de por la firmeza de su trabajo, San Gregorio destacó siempre por su generosidad y su misericordia. En medio de sus inmensas labores reformadoras, encontró siempre el tiempo necesario para socorrer a los pobres, a los enfermos y para predicar él mismo a aquellos que sentían que su fe se tambaleaba.



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