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San Francisco de Jerónimo

11 de mayo

Francisco de Jerónimo siempre había admirado a San Francisco Javier. Sus padres le dieron su nombre en honor al santo, y desde la más tierna infancia escuchó hermosos y terribles relatos de las aventuras del Jesuita de Oriente. Por eso abandonó Tarento, la tierra que le había visto nacer, para estudiar con los Jesuitas.

Apenas tuvo la edad suficiente, ingresó en la Compañía de Jesús. Sus maestros enseguida detectaron dos rasgos en él. Primero su compasión, su misericordia. No podía ver a un hombre necesitado, a una persona en apuros, sin que le doliera en lo más profundo del alma.

Y después su don de palabra: de él se ha dicho que parecía un cordero cuando hablaba y un león cuando predicaba. Apenas se ordenó sacerdote, fue trasladado a Nápoles. Para Francisco era sólo un paso antes de ser enviado a las Indias, o al menos eso pensaba él.

Se puso a trabajar de inmediato, y no como otros predicadores, que se limitan hablar a las multitudes y después se van a su casa. Nuestro santo recorría los callejones más oscuros buscando al mendigo que se muere de frío, a la prostituta enferma, al ladrón desamparado, al chiquillo de tres años que está aprendiendo a robar para poder sobrevivir. Y a todos le llevaba la luz de Cristo.

Muchas veces fue rechazado, insultado y calumniado. El siglo XVII no era tan distinto de nuestra propia época. Pero, poco a poco, como el agua que, gota a gota, va excavando una cueva en la montaña. Francisco se iba haciendo oír. Los delincuentes y marginados empezaron a conocer a aquél cura tan extraño, que no estaba en su iglesia recogiendo limosnas de los ricos, sino asistiendo partos de mujeres descarriadas y enseñando italiano a los inmigrantes sin medios.

Francisco nunca llegó a abandonar Nápoles. Permaneció con su gente, con los desamparados, el resto de su vida. Como el propio Maestro, siempre estuvo entre los que le necesitaban, entre los enfermos y los afligidos, intentando devolver al redil a esa oveja negra tan querida por el Señor.



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