VENEZUELA VIRTUAL | Guía de Valentina Quintero | La ruta de la semana | Puerto Ayacucho

Zona: Selva
Estado: Amazonas
Ruta 1: Puerto Ayacucho y sus alrededores

Siempre digo que andar por Puerto Ayacucho y sus alrededores es una especie de turismo de aventura I antes de entromparse con la selva de verdad. Aquí se enteran de qué se trata el asunto, ven la selva en la distancia, navegan por el Orinoco sin alejarse demasiado de las orillas pero sintiendo su caudal y su fuerza, se ponen en contacto con la plaga, observan con estupor la sabana y las piedras negras y conversan con los indígenas en su mercado. La decisión de cursar en serio turismo II y III deben tomarla aquí, después de algunas vivencias. Puerto Ayacucho no tiene mayores encantos. Es uno de estos pueblos que han crecido anárquicamente, sin nadie que se mortifique por hacerlos bonitos, ni siquiera funcionales, sino con los servicios básicos.

Hay algunas visistas indispensables en la capital amazónica. Una es la Plaza de los Indios, nombre por el que todo el mundo conoce a la Plaza Rómulo Betancourt al lado de la Iglesia, pues ahí se dan cita los indígenas todos los días del mundo para vender sus artesanías, remedios, chinchorros, collares, cestas y lo que a ustedes se les ocurra. Es una posibilidad cierta de encuentro cercano y directo con bastantes de las etnias que pueblan la zona.

Otra parada es la Catedral María Auxiliadora, la iglesia al lado del boulevard, construída en 1952. En su techo interior hay un enorme Cristo crucificado pintado al óleo por el español Rafael Ochoa en 1957. Si bien esto no constituye mayor novedad, sí lo es la sensación de persecución que ocasiona. Al entrar a la iglesia doblen el cuello y empiecen a caminar viendo el Cristo para que observen como se voltea de un lado para otro. Es rarísimo. Sólo hay tres en el mundo: uno en Barcelona, España, otro en Maracay y éste. Y si quieren saber mucho sobre la región, su geografía y sus habitantes, entren al Museo.

Después que den la vuelta urbana, quiero comentarles algunas estrategias para el más puro y silencioso goce visual, placer gratuito que adquiere dimensiones casi sobrenaturales en el Amazonas. Un instante sublime es el atardecer sobre el Orinoco desde cualquiera de sus orillas. Yo lo gocé encaramada en una piedra gigante en el Campamento Orinoquia. Sus colores no tienen nada que ver con los atardeceres orientales y les diré por qué. Según cuenta la leyenda, una tarde fue un niño a bañarse al río y la culebra Cayeme se lo devoró. La madre, desesperada, rogó a los anumales de la selva que salvaran a su hijo. Estos empezaron a lanzarse desde el cielo para morder a Cayeme hasta que soltara al niño, pero lo curioso era que los pájaros salían del agua con muchos colores y lo mismo sucedió con todos los animales que quisieron salvar al niño de las fauces de Cayeme. Tanta fue la profusión de colores, que hasta el arcoiris salió premiado con sus tonos brillantes. El niño se salvó y se dice que los colores restantes quedaron para darle fama a los atardeceres del Amazonas. Antes de esta historia el mundo era blanco y negro. También asegura la gente del Amazonas que Cayeme sólo le dejó el morado a los atardeceres de allá, y cuando los gocen, creerán en la leyenda.

Otro instante sublime es cuando uno se instala a ver la Piedra de la Tortuga. Lo que yo les sugiero es que se detengan y observen la sabana, con una gama infinita de verdes cuando es invierno y de marrones en verano, salpicados de piedras negras contundentes y al final esos cielos muy azules siempre con nubes. No se puede subir porque es Monumento Natural, además sería bien peliaguado, pero si se mueren por tener una vista de la sabana hasta el Orinoco, pueden escalar la piedra que está cerca y le dicen la Teta porque tiene una piedra arriba como colocada por un espíritu.
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