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| Zona: Montañas
Estado: Mérida
Ruta 1: De Barinas a Mérida por la trasandina
Así como nadie pone en duda que el precursor de la independencia del país fue Francisco de Miranda, no creo que alguien discuta que el precursor del turismo fue el Estado Mérida. Y es lo más lógico, porque en una tierra 100% tropical, es demasiada novedad que caiga nieve, aún si para tocarla tenemos que subir al teleférico más alto del mundo y se nos atragante la respiración a casi 5.000 metros de altura.
Los paseos entre frailejones y lagunas paralizan las emociones, subir las cinco águilas blancas es el máximo reto de los escaladores locales y los deportes de aventura se instalaron en la capital con la misma pasión que los estudiantes. Se puede volar en parapente, lanzarse por los rápidos, escalar por piedras con precipicios y pasear a pie, en bicicleta o a caballo por parajes donde sólo se comparte con los campesinos, si es que se consiguen. Así de remotas pueden ser estas excursiones.
Tal como está, el Estado Mérida existe desde 1.909 y se le puso el mismo nombre de su capital, el cual proviene de la ciudad de Extremadura en España. Es famosa su Feria del Sol, el mercado es visita obligada para tomar una peculiar bebida que levanta a los muertos o comer en sus tarantines del último piso. Nadie sale de la ciudad sin entrar a probar los helados con más sabores en el mundo.
A Mérida es fascinante llegarle por carretera desde Barinas, especialmente para gozarse los cambios drásticos del paisaje. Al principio es el llano, la mirada que tiene para dónde agarrar, el verde que se junta con los azules y blancos y las rectas infinitas. A medida que vas llegando a Barinitas juras que pasaste a otro país. Las montañas se te encaraman casi en las pupilas, las curvas se apoderan del camino y el frío te obliga a cerrar las ventanas. No puede existir la angustia de llegar sino la dicha de estar.
Deténganse cada vez que les provoque. Recuerden que el camino tiene que ser parte del viaje y del disfrute. En Santo Domingo les sugiero pararse en la represa para que se deleiten con la vista y se tomen la foto de rigor. Siguen sin inventar deportes de laguna para que la parada se prolongue y el gusto no se quede en los ojos. Sabrán que han llegado al páramo cuando empiecen a surgir los frailejones en las montañas y la respiración se dificulte al caminar. Es la altura. Otro placer es ver las caídas de agua por todo el camino. Recuerdo que mis hermanos y yo las contábamos y hacíamos apuestas. En esta carretera hay muchísimas pero muchísimas posadas, cabañas, casitas de alquiler, hoteles y cualquier modalidad de hospedaje, al igual que restaurantes, tarantines sencillos para probar un calentao y muchísimas ventas de artesanía.
En esta misma carretera se conseguirán con una entrada a la Laguna Victoria. Bájense del carro, caminen diez minutos apenas y verán esta laguna preciosa, serenita, con jardines a los lados y tremendo paisaje para abrir la cesta de finezas y comerlas junto a la naturaleza. En la Laguna de Mucubají tienen que entrar al Centro de Visitantes, divinamente bien hecho, con amplia y detallada información sobre la zona y tremendas carteleras con posibilidades interactivas. Es una buena idea estimular en los niños el interés por la geografía, la fauna y la flora de la región, cómo se formaron los andes y por qué abundan las lagunas. Además se pueden acercar a la laguna, hay excursiones a caballo más arriba o caminando y el típico restaurant con chocolate caliente, mantecadas y las infaltables truchas.
En Apartaderos tienen que subir a visitar el Monumento a la Loca Luz Caraballo, inmortalizada en el poema de Andrés Eloy Blanco que aparece en el pedestal. |
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