TEMAS | Personajes | Horacio Quiroga: El cuentista de la muerte
           
   

Había allí delante de ellos una vida que se acababa,
desangrándose día a día,
hora a hora,
sin saber absolutamente cómo.

El almohadón de plumas
Horacio Quiroga

Definitivamente, Horacio Quiroga no era como el resto y los vaivenes del destino jugaron un papel importante en su sobria personalidad. Más de un siglo después de su muerte, sus relatos parecen abstraer a los lectores a un mundo de fantasía donde todo puede suceder, utilizando siempre una constante: la fatalidad.

Nace en Uruguay el 31 de diciembre de 1878 y aún de eso mantuvo una opinión tan irónica como humorística:

“Mi nacimiento, en suma, fue como el de cualquiera:
mi madre sonreía con su candor de cera,
la sirvienta prolija buscaba ropas blancas,
y el médico admiraba sus formidables ancas.
En tanto yo gritaba y me callaba a ratos,
Tal como los canarios cuando ven a los gatos”.

La muerte y la tragedia siempre lo perseguirían. Hijo de la uruguaya Pastora Corteza y el argentino Prudencio Quiroga, aún no cumplía los tres meses de edad cuando presenció la muerte accidental de su padre al disparársele la escopeta mientras estaba de cacería. Su madre se casa de nuevo con Ascensio Barcos, pero sufre repentinamente de parálisis cerebral y se suicida en septiembre de 1896. Quiroga tenía sólo 15 años y, desafortunadamente, también contempló su muerte.

Se distingue en su adolescencia por los deportes y el ciclismo sería su predilecto, pero la literatura lo atraparía sin dejarlo ir. Durante su adolescencia tiene gran influencia de escritores como Alexandre Dumas, Walter Scott, Charles Dickens y Gustavo Bécquer, pero Edgar Allan Poe selló su estilo de manera decisiva. Emilio Pascual, editor del grupo editorial Anaya, escribe en el apéndice de Cuentos de la selva de Quiroga que en un artículo de 1899 titulado Leopoldo Lugones, describe su admiración por el escritor norteamericano: “Es simbolista. Más que simbolista, es modernista. Más que modernista, es un genio (…) Como creador es un genio; como estilista es un coloso.”

Una trágica historia

Quiroga se enamora perdidamente de María Esther Jurkowski y el idilio, que sería interrumpido por su propia familia, inspiró el cuento Una estación de amor. Para 1899 se dedica a la afanosa tarea de dirigir la Revista del Salto y siempre tuvo una perspectiva modernista, aunque sólo alcanzara 20 números.

En 1901 mueren sus dos hermanos, Pastora y Prudencio, de fiebre tifoidea. La fatalidad, su más fiel compañera, dio otra muestra de poder: Quiroga mata a su mejor amigo Federico Ferrando, al dispararse accidentalmente el arma que limpiaba ya que Ferrando disputaría un duelo con un periodista de Montevideo por sentirse agredido en sus notas.

Después de esa trágica experiencia y reconocida su inocencia, se desempeña como profesor de castellano en el Colegio Británico de Buenos Aires y, sorpresivamente, su vida tomaría otro rumbo. Quiroga decide viajar como fotógrafo de una expedición a Misiones, una zona selvática ubicada en el noreste de Argentina.

Su estadía en Misiones afloraría sus instintos bucólicos y, de hecho, en 1904 se asienta como plantador de algodón en Chaco, al norte del país. Esa experiencia cambiaría no sólo su forma de vida, sino que influiría en su estilo a tal magnitud que se declara definitivamente en contra de las ideas modernistas, cambiando a Poe y Bécquer por Gustave Flaubert y Fedor Dostoievski.

En marzo de 1906, Quiroga fue profesor de castellano y literatura de nuevo en la Escuela Normal N° 8 y conoce a Ana María Cires, una de sus alumnas, con la que se casa a finales de esa década. Para esa época él poseía más de 180 hectáreas de terreno en Misiones, allí vive junto a su esposa y pronto conciben dos niños, Eglé y Darío.

Renuncia a su cargo de profesor y lo nombran juez de paz y oficial del Registro Civil en Misiones. Todo parecía irle bien pero como era costumbre, la desgracia seguía sus pasos de cerca.

La muerte siempre al acecho

La relación con su esposa se deterioraba cada día y a finales de 1915 no soporta más, se envenena y muere tras ocho días de constante agonía. Como todas sus vivencias, su muerte sería protagonista en algunos de sus cuentos, por ejemplo, en Pasado amor: “Su matrimonio fue un idilio casi hipnótico, en el que él puso todo su amor, y ella su desesperada pasión. Fuera de eso, no había nada en común entre ellos.”


Entre 1917 y 1920, Quiroga ocupa diversos cargos en el Consulado General de Uruguay en Buenos Aires. Publica tres libros de cuentos: Cuentos de amor, de locura y de muerte; Cuentos de la selva y El Salvaje y su única obra teatral Las sacrificadas. Los cinco años subsiguientes serían considerados su período dorado porque es traducido, buscado y bien pagado gracias a sus relatos.

A finales de la década de los 20, se enamora una vez más. Su nombre es Ana María Palacios, pero su familia impide el romance y regresa a Buenos Aires. Su último amor es turbulento, pues se deslumbra completamente por María Elena Bravo, amiga de su hija y de sólo 20 años de edad.

A pesar de la resistencia de ambas familias, la boda se lleva a cabo, y en 1928, nace su tercera hija, Pitota. Es una etapa crítica en la vida del escritor, no sólo por sus problemas económicos como consecuencia del golpe de estado al presidente uruguayo José Serrato, sino que su matrimonio de desborona rápidamente y María Elena lo abandona, llevándose a su hija con ella.

En 1935 publican su último libro de cuentos titulado Más allá y obtiene su único premio como escritor, por parte del Ministerio de Instrucción Pública de Uruguay. Al año siguiente lo internan debido a una prostatitis aguda y los médicos descubren que sufre de cáncer.

El 18 de febrero parecía un día como cualquier otro. Según Emilio Pascual, Quiroga almuerza con su hija Eglé, al despedirse, como siempre, la besa cariñosamente y regresa a su habitación en el hospital. La mañana siguiente sería el final de una vida de resistencia a lo que tantas líneas dedicó en sus cuentos.

“Para mí el suicidio sigue inmediatamente a la desgracia. El arruinado se mata cuando la casa quiebra. El enfermo se mata, cuando plenamente comprende que su mal no tiene cura y que entre sufrir y no sufrir es fácil la elección”. Escribe Pascual citando Los arrecifes de Coral, escrito por Quiroga a principios del siglo XIX.

Muere de una sobredosis de cianuro, su cadáver se incineró y sus cenizas se llevaron a Uruguay. Pero su trágica historia no termina allí, su hija Eglé se suicida en 1939 y Darío en 1952, dando punto final al más cruel y trágico de los cuentos.

Obras publicadas

Actualmente, Quiroga es considerado uno de los precursores del género del cuento breve y uno de los representantes del relato fantástico. Muchos de sus cuentos no se encuentran compilados; sin embargo, sus obras formalmente publicadas son las siguientes:

Los arrecifes de coral (1901)
El crimen del otro (1904)
Los perseguidos (1905)
Historia de un amor turbio (1908)
Cuentos de amor, de locura y de muerte (1917)
El salvaje (1920)
Anaconda (1921)
Los desterrados (1926)
El desierto (1924)
Cuentos de la selva (1919)
De la vida de nuestros animales (1925)
Pasado amor (1927)
La gallina degollada y otros cuentos (1926)
Más allá (1935)



Imágenes tomadas de:


www.letras-uruguay.espaciolatino.com


Enlaces:

Horacio Quiroga: biografía y cronología del escritor.

Límites de Horacio Quiroga: artículo.

Cuentos de Horacio Quiroga.

 
 

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