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La
demencia sufrida por los ancianos tiene como su más común
detonador el Alzheimer, una enfermedad degenerativa del cerebro cuyos
síntomas se acentúan progresivamente hasta que el individuo
alcanza un cuadro crítico en el que puede desconocer su propio
reflejo en el espejo. En
1906 el médico alemán Alois Alzheimer diagnosticó
el padecimiento por primera vez. La víctima, una mujer de
51 años cuyos síntomas consistieron en la pérdida
de memoria, desorientación temporal y espacial, alucinaciones,
paranoia y trastornos de la conducta y el lenguaje. Tras el fallecimiento
del paciente, su cerebro fue estudiado por Alzheimer quien encontró
un número disminuido de neuronas, acompañadas de cúmulos
de proteínas y cubiertas de unos ovillos o filamentos neurofibrilares.
La afección fue llamada “Enfermedad de Alzheimer”
en honor al médico alemán y al año siguiente,
en 1910, fue incluida en la octava edición del Manual de
Psiquiatría por el reconocido psiquiatra Emil Kraepelin,
también de origen alemán.
En
2005, casi cien años después y aún desconocido
su origen, la enfermedad de Alzheimer afecta a millones de personas
en todo el mundo. Se estima que 50% de los ancianos mayores de 65
años que padecen demencia sufren la enfermedad, cuyo ruinoso
efecto, tanto para el enfermo como para sus familiares, le ha hecho
valer el calificativo de “el mal del siglo”.
El
número de muertes producidas por el Alzheimer la coloca como
la cuarta causa de mortalidad entre adultos, ocupando el mismo lugar
entre los problemas de salud pública, sólo superado
por las enfermedades cardiovasculares, el cáncer y el sida.
Según estimaciones de la ADI (Alzheimer’s Disease Internacional)
para el año 2025 existirán alrededor de 34 millones
de personas que sufran la enfermedad. Aun cuando los principales
afectados son las personas mayores de 65 años, el mal también
puede presentarse de los 40 a los 50 años.
Los
síntomas
La
manifestación del Alzheimer no es regular y en algunos casos
el mal no se pone de manifiesto hasta alcanzar cierto grado de evolución.
El síntoma característico, conocido mayormente por
las personas, es la pérdida de memoria, la cual se produce
de manera gradual. Inicialmente los olvidos se relacionan a acciones
recientes y el paciente estará consciente de estos, incluso,
en ocasiones tratará de disimularlos.
En
segundo lugar, el paciente puede enfrentar problemas en la realización
de tareas rutinarias como las labores que comúnmente lleva
a cabo en el hogar: organización de elementos en armarios
o estantes y manipulación de electrodomésticos. En
este sentido, el enfermo puede colocar objetos en lugares desacordes.
En
su etapa inicial, el Alzheimer también podrá generar
a la víctima problemas para expresarse, dificultándole
el encuentro de las palabras apropiadas para comunicar sus ideas.
A su vez, el paciente sufrirá de incapacidad para hacer juicios
simples que lo llevará a la toma de decisiones incoherentes.
La
evolución de la enfermedad no se produce de igual manera
en todos los pacientes, sin embargo el desarrollo es común
para todos los casos y alcanza un grado en el que el enfermo termina
siendo incapaz de garantizar su seguridad y valerse por sí
mismo. Avanzado el mal se sufre de desorientación temporal
y espacial, luego de verse imposibilitado de cumplir trayectos cortos
y rutinarios, el paciente puede incluso llegar a perderse dentro
de los límites de su propio hogar.
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Además
de los síntomas ya señalados, el paciente también
pierde destreza para la abstracción, sufre de cambios bruscos
de humor sin motivos ni explicación, presenta cambios extremos
de personalidad caracterizados por una gran desconfianza y antipatía
y se aíslan de su entorno, limitando su día a día
a actividades letárgicas como mirar la televisión.
Tomando
en cuenta la gravedad de lo síntomas presentes se puede calificar
el Alzheimer en distintas etapas o estados. El primero de ellos
es el inicial, en el que la sintomatología es leve; sin embargo,
en vista de la conciencia del paciente de sus limitaciones y dificultades
éste puede sufrir de frustración y ansiedad.
Durante
su etapa intermedia el Alzheimer convierte al paciente en un individuo
dependiente con relación a simples labores como las de cuidado
básico: comer, vestirse y asearse, entre otras. En este estado
el diagnóstico de la enfermedad en inequívoco, se
inicia la presencia de alucinaciones y delirios.
Por
último, durante la etapa avanzada, el enfermo es totalmente
dependiente y pierde el contacto con su entorno dejando de responder
a los estímulos externos. El paciente sufre de rigidez muscular
que puede conllevar a su postración inmóvil, aumentándose
los riesgos de infecciones, deshidratación, escaras o heridas
originadas por la inmovilización, entre otras afecciones
secundarias.
Comúnmente,
el desarrollo del Alzheimer es bastante lento y su etapa final concluye
con daños cerebrales considerables. Se habla de 8 a 10 años
la duración promedio del paciente una vez diagnosticada la
enfermedad, sin embargo, en ocasiones los afectados han logrado
sobrevivir hasta 20 años.
Actualmente
no existe cura alguna para el Alzheimer pero la constante investigación
de la enfermedad ha dado lugar tratamientos que permiten controlar
la rapidez del avance de ciertos síntomas durante un tiempo
determinado. Tal es el caso de los inhibidores de la colinesterasa
que disminuyen el deterioro cognitivo durante la etapa inicial de
la enfermedad, mejorando la pérdida de la memoria y los síntomas
de carácter psicológicos y conductuales.
Cuando
la calidad de vida del enfermo se ve reducida al máximo,
éste es considerado en etapa terminal y deja de ser prioridad
el tiempo de vida que pueda alcanzar siendo lo más importante
las condiciones en que lo haga, con la reducción del sufrimiento
como fin único.
Imágenes
tomadas de:
www.portfolio.mvm.ed.ac.uk
Enlaces:
Alzheimer’s
Disease International
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