| |
Desde ese fatídico día, que dio trabajo de sobra a
fotógrafos y periodistas de espectáculos y a cuanto
paparazzi vio en el infortunado hallazgo una minita de oro, la figura
de Marilyn ha sido objeto de las más diversas biografías
y explicaciones de las extrañas circunstancias en las que
ocurrió su deceso.
Y es que cuatro décadas después, aún no se
sabe a ciencia cierta cuáles fueron las motivaciones que
llevaron a la actriz y cantante a acabar con su existencia a través
de la peligrosa ingesta de alcohol y barbitúricos. ¿Su
propensión a ser maníaca depresiva?, ¿o las
presiones que recibió de cada uno de los integrantes del
clan Kennedy para que no revelara en público algunos secretos
de familia?
Lo cierto es que esa menuda mujer, de cabellos rubios y rebeldes,
de mirada extasiada, de boca entreabierta, de buen cuerpo y comportamiento
de niña desvalida, tuvo una vida - corta, de apenas 36 años
- signada por los más crueles infortunios.
Al nacer, el 1° de junio de 1926, con el nombre de Norma Jean
Mortenson, que luego cambió por el de Norma Jeane Baker,
contaba tan sólo con su madre Gladys, una mujer que para
entonces sufría de algunos desequilibrios mentales. Nunca
conoció a su padre. Pasó por varias familias adoptivas
hasta que en 1935 fue internada en un orfanato. Antes de cumplir
los 12 años fue violada. A los 16 se casó con Jimmy
Dougherty, joven de 21 años a quien conoció en la
planta ensambladora de aeronaves donde trabajó después
de haber posado como modelo erótica para algunos fotógrafos
de poca monta. Aquel matrimonio duró apenas unas semanas.
Aún con este rosario de calamidades a cuestas, Norma Jeane
llegó al cine, sueño no alcanzado por la mayoría
de sus contemporáneas. Sus primeras apariciones ante las
cámaras fueron en películas de muy bajo presupuesto
en el que hacía el papel de rubia tonta. En 1950, John Huston
la escogió para que participara en el filme Cuando
la ciudad duerme. Ese mismo año, Joseph Mankiewicz
le dio un papel en Todo
sobre Eva. Ya no se llamaba Norma Jeane Baker, sino
Marilyn Monroe.
|
|
Poco a poco, la sensual cadencia de los movimientos de Marilyn comenzó
a cimentar su fama. Un nuevo matrimonio, esta vez con el astro del
beisbol Joe Di Maggio, terminó de encumbrarla como la quintaesencia
de la mujer seductora, a veces vulgar pero, en el fondo, buena gente.
La sexualidad de esta chica en permanente éxtasis era, a los
ojos de sus compatriotas, cándida. La popularidad, sin embargo,
no pudo evitar que su relación con el pelotero durara tan sólo
nueve meses.
Cansada de ser contratada para representar solamente papeles de rubias
tontas y despampanantes, Monroe se alistó en 1956 en la prestigiosa
escuela Actors Studio, que dirigía Lee Strasberg, quien
la mandó a un psicoanalista para que pudiera sacar a flote
todo lo que tenía en su interior. Los demonios de Marilyn quedaron
en libertad pero, desdichadamente, ella no supo cómo controlarlos.
Aún así, con Bus
Stop (1956) y El
príncipe y la corista (1957), Marilyn demostró
su capacidad para hacer interpretaciones sólidas, con hondura
y credibilidad.
El 29 de junio de 1956, Marilyn intentó consolidar otra relación
afectiva, al contraer matrimonio con el respetado dramaturgo Arthur
Miller, autor de La muerte de un viajante.
El filme The
Misfits fue escrito por Miller especialmente para su esposa.
La pareja se separó en 1961.
Queda visto, entonces, que la vida de Marilyn Monroe fue una implacable
sucesión de éxitos profesionales y fracasos personales.
Pese a haber tenido la suerte de vivir en la consciencia de ser un
mito estadounidense y mundial, los demonios de su pasado, violento
y desmotivador, le ganaron la batalla.
Marilyn Monroe fue una estrella surgida desde las más hondas
miserias de la sociedad estadounidense. Entonces, ¿qué
sentido tiene seguir escarbando en la vida de esta pobre chica rubia?,
¿por qué las revistas y hasta las grandes casas de subastas
siguen empeñadas en sacarle jugo a su miserable existencia?
No ha sido justa esa sociedad que la admiró hace ya 40 años
al continuar exhumando su cadáver, un cadáver que, como
el de James Dean, esconde en su belleza un dolor infinito, un grito
desesperado que pareciera repetir el título de una canción
popularizada por la propia Marilyn: "I wanna be loved by you".
¿Por qué no terminamos de amar a esta mujer cuyos restos
sólo piden descansar en paz?.
Juan Antonio González
|
|