TEMAS | Ciencia y salud | El parto


El momento del nacimiento de un niño es el punto cumbre que exalta la máxima expresión de la mujer como madre y marca el inicio del desarrollo de un ser con inteligencia, alma, personalidad y sentimientos.

Desde tiempos remotos, el parto ha sido objeto de culto y estudio por parte de médicos, religiosos, investigadores, psicólogos y hasta metafísicos. Todos con la finalidad última de disminuir el dolor durante el alumbramiento y garantizar el bienestar de la madre y el feto.

En la antiguedad oriental, concretamente en Babilonia, la medicina obstétrica se basaba en la práctica ritual de operaciones mágicas para que en el momento de dar a luz, la mujer recitara plegarias de encantamiento a Istar, diosa del amor y la fecundidad.

En el mundo moderno, se ha experimentado una evolución en las modalidades de parto, generado por las bondades que ofrecen el conocimiento y la tecnología. Actualmente, por ejemplo, la anestesia general suele emplearse sólo bajo ciertas condiciones; lo más común es proporcionar analgésicos o tranquilizantes para evitar el dolor en la mujer. Sin embargo, la decisión de utilizar o no alguno de estos medicamentos durante el parto, depende de la futura madre y de sus circunstancias personales.

Una de las mayores preocupaciones de los padres, es la relacionada a cómo llegará el pequeño bebé al mundo. Sin embargo, lejos de ser una decisión de la pareja, es el médico quién escoge la modalidad del parto, dependiendo de las necesidades físicas de cada mujer: la edad, el peso, las enfermedades previas, la condición del feto y de si hay o no dilatación.

De acuerdo a esas condiciones y de las circunstancias que se presenten en la sala de parto, se reconocen dos tipos o modalidades generales de dar a luz: el parto vaginal o natural y el parto por cesárea.

Parto vaginal o natural

Al ser el embarazo un proceso natural, lo más lógico sería pensar que la llegada del bebé al mundo ocurriera de la misma manera.

El útero, una vez ocurre la concepción, empieza a crecer para dar cabida al feto. Pero cuando la fecha del parto se acerca, el feto sigue creciendo, mientras el útero deja de agrandarse para comenzar a estirarse. Es por eso que los músculos se contraen y se hacen cada vez más sensibles. De aquí en adelante, es el bebé quién le indicará al organismo de la madre cuándo debe comenzar el parto, que se anuncia a través de las contracciones que permitirán la dilatación del cuello uterino, canal por donde saldrá el cuerpecito.

En el parto natural a las madres se les permite hacer todo aquello que deseen durante el trabajo de alumbramiento, como adoptar la posición que les resulte más cómoda o no ser obligada a recibir calmantes. Su razón de ser parte del principio de que los cuerpos femeninos están diseñados biológicamente para tener bebés, porque todos los tejidos blandos del canal vaginal pueden abrirse de forma tal que el niño se deslice suavemente hacia el exterior, sin necesidad de intervención del médico.

La mayoría de los bebés dentro del útero, adoptan una posición con la cabeza hacia abajo. La posición cefálica, que es como se le conoce, es la que más favorece el parto, ya que el niño puede pasar por las curvaturas de los huesos pélvicos de la madre, cuando el cuello del útero se ha dilatado completamente (cuando alcanza los diez centímetros) Esta fase es fácilmente reconocible, pues la mujer experimenta calor, estiramiento y ardor en la vagina, acompañado de sudoración alrededor de la boca e inevitables ganas de pujar, lo cual no debe hacer hasta que el médico así lo indique. En este momento el bebé -como sabiendo lo que tiene que hacer- voltea la cabeza hacia un lado para pasar mejor.

Si la madre es primeriza, la expulsión del feto por el canal uterino suele durar cerca de una hora, pero todo el trabajo de parto se extiende de 6 a 12 horas. Las técnicas de respiración ayudan a la mujer a relajarse y a aliviar el dolor de las contracciones y también beneficia al bebé, puesto que aumenta el aporte de oxígeno.



Cuando al bebé se le puede ver la parte superior de la cabeza, es cuando el médico decidirá si tendrá que intervenir quirúrgicamente o no. Si la cabeza es muy grande, se realiza un corte en las comisuras de la vagina con el fin de ampliar la zona de salida y evitar desgarramientos bruscos. Una vez que la cabecita sale, el resto del cuerpo se desliza fácilmente. La última etapa es la expulsión de la placenta del útero.

Parto por cesárea

Este tipo de parto ha sido criticado por muchos y alabado por otros. A juicio de algunos, la cesárea es en realidad una opción médica invaluable cuando se presentan complicaciones en el parto, ya que en muchas ocasiones ha llegado a salvar la vida, tanto de la madre como del hijo.

La cesárea es una insición quirúrgica que se hace a través de la pared abdominal y el útero para extraer el feto. Se realiza cuando el parto vaginal no es posible o cuando éste conlleva algún riesgo para la madre o el bebé.

En el momento de las contracciones, se le aplica a la madre estando despierta, una anestesia local desde la región del pecho hasta las piernas, lo que se conoce como epidural. Luego el médico procede a realizar un corte por encima del pubis en el abdomen inferior, con lo que el útero queda expuesto para realizarle una insición, por la que saldrá el bebé.

Las principales razones por las cuales se suele hacer éste tipo de intervenciones son las siguientes:

Embarazo de alto riesgo.
Mala posición del bebé en el feto.
Cordón umbilical enredado alrededor del cuello del bebé.
Sufrimiento fetal por falta de oxígeno.
Parto Múltiple.
Cabeza más grande que la pelvis.
Placenta obstruyendo la entrada del útero.
Herpes genital o infecciones vaginales (por el riesgo de transmitírselas al bebé a través del canal vaginal)

Para la mayoría de los médicos, la cesárea es un procedimiento cómodo, pues permite planificar el momento del parto fuera del horario del consultorio, y porque requiere poco tiempo para su realización. Sin embargo, la práctica constante puede generar un círculo vicioso perjudicial si se llega a abusar de él.

Lo más importante al momento del alumbramiento, es elegir el método adecuado que pueda garantizar la salud y la vida tanto de la madre como del hijo, en las circunstancias que física y biológicamente puedan soportar sus cuerpos, de manera que al final de la travesía, la madre pueda disfrutar la sensación de tener el cuerpito tibio de su hijo entre sus brazos, y respirar tranquila al lado del ser que salió de su cuerpo.

El parto psicoprofiláctico

Nació en la Unión Soviética, alrededor de los años treinta. Un grupo de médicos empezó a aplicar las técnicas de condicionamiento de Pavlov a las parturientas, para que su respuesta a las contracciones uterinas fuera positiva, y alejarlas del miedo, a través de técnicas especiales de respiración.

Ésta más que ser una forma de parto, es un complemento preparatorio al mismo, ya que su propósito no es evitar el dolor, sino reducirlo mediante la aplicación de técnicas de relajación y respiración que contribuyen a apaciguar el estrés y el temor que algunas mujeres sienten durante el embarazo y en el momento del alumbramiento, especialmente si son primerizas.

Se basa en dos tipos de métodos, que llevan el nombre de sus creadores: El método Lamaze, uno de los más utilizados, que se concentra en la madre; y el método Leboyer, que se centra en el bebé.

En cuanto el niño nace, se bajan las luces, se guarda silencio en el sitio, y se coloca al bebé en una tina de agua tibia, todo esto para disminuir el choque que supone abandonar el paraíso materno y entrar a este mundo tan luminoso y estridente.


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