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El 26 de diciembre de 2004, mientras Occidente dejaba atrás
la Navidad y se preparaba para cumplir el primer lustro del siglo
XXI, las costas del sur de Asia fueron asaltadas por gigantescas
olas, de hasta cinco metros de altura, originadas en el Océano
Índico por un fuerte movimiento telúrico que alcanzó
los 9 grados en la escala de Richter. El saldo: más de 150
mil seres humanos muertos, incalculables pérdidas materiales
y un panorama desolador en los países más afectados:
Indonesia; donde se situó el epicentro, Sri Lanka, India,
Malasia y Tailandia.
Y tembló el fondo del mar…
Las placas tectónicas que conforman la superficie de la tierra
que se conoce con el nombre de litosfera, se encuentran en un constante
y leve desplazamiento que producen entre ellas, en las profundidades
de la falla, un punto de fricción en el que se acumula energía
de presión. Cuando se pierde el equilibrio existente en el
punto de fricción la energía acumulada se convierte
en energía cinética produciendo un movimiento sísmico
en el que las placas se pueden separar y también colisionar
entre sí.
Cuando el epicentro de un terremoto se encuentra en el fondo oceánico
el desplazamiento vertical de las placas empuja el agua produciendo
un desequilibrio en la superficie del océano con masas de
agua de alto y bajo nivel. Tan pronto recupera su equilibrio la
superficie del océano se producen ondas marinas que pueden
llegar a desplazarse con velocidades superiores a los 500 km/h (310.6
millas por hora). Al llegar a la costa, la velocidad de las ondas
marinas se reduce considerablemente pero la gran masa de agua desplazada
crece en altura y se transforma en gigantescas olas que penetran
en tierra firme, en algunas ocasiones centenares de metros. Al momento
de embestir la costa, estas olas pueden alcanzar hasta 30 metros
de altura por lo que suelen causar desastres de gran magnitud. Este
fenómeno es el que conocemos con el nombre de Tsunami, vocablo
derivado del japonés que significa “gran ola en el
puerto”.
Estados Unidos, que en el siglo XX sufrió las consecuencias
de dos grandes tsunamis en el estado de Alaska, lleva a cabo en
el Pacífico oriental su programa de prevención y alerta
ante tsunamis como parte del Proyecto DART (Deep-Ocean Assessment
And Reporting of Tsunamis), a través de su Administración
Oceánica y Atmosférica Nacional, NOAA por sus siglas
en inglés.
Los dispositivos de detección norteamericanos consisten en
una plataforma que se coloca a 5.000 metros de profundidad suspendida
de un sistema de flotación conformado por esferas de cristal.
Dicha estructura cuenta con un módulo llamado BPR (Bottom
Pressure Recorder) que detecta las variaciones ocurridas en la columna
de agua que se encuentra sobre él según la frecuencia
de vibración de un haz de cuarzo. Cuando en un intervalo
de 15 segundos el BPR registra cambios de presión que alcanzan
ciertos límites predefinidos, un módem traduce la
señal del BPR en una onda acústica que un emisor hace
viajar a 300 bps (bits por segundo).
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Una
boya recibe la onda, emite una señal de confirmación
de recepción y envía la información transmitida
por el BPR al satélite GOES que la reenvía a los centros
de alerta, ubicados en Alaska y en el Pacífico, y directamente
a la NOAA, ubicada en Washington. En total son 6 los BPR desplegados
por Estados Unidos, 5 de ellos en las proximidades de su costa occidental.
Anterior a los actuales sistemas de alerta de Estados Unidos se
desarrollaron medios más rudimentarios, el primero, implementado
en Hawai durante la década de los años 20 del siglo
XX. Tras el tsunami que asoló el archipiélago estadounidense
el 1 de abril de 1946, el país norteamericano creó
en 1949 el Centro de Prevención de Tsunamis del Pacífico,
incluido en una red mundial de prevención a partir de 1965.
A raíz de una nueva catástrofe en la misma zona, ocurrida
el 23 de mayo de 1960, se continuó con el desarrollo de sistemas
de alertas más avanzados.
Actualmente, distintas ciudades colindantes al Pacífico cuentan
con sistemas de alarma y planes de contingencia y evacuación,
principalmente en Japón, sin embargo, no es posible controlar
la violencia de las embestidas de un tsunami.
A lo largo de la historia
Existen desde la antigüedad distintas referencias a gigantescas
olas que golpearon costas dejando muerte y desolación, como
el caso de la gran ola de más de 10 metros de altura que
asaltó la costa portuguesa de Lisboa el 1 de noviembre de
1755 luego de un fuerte terremoto que alcanzó los 9 grados
en la escala de Richter. El tsunami ocasionó unas 90 mil
muertes e impulsó el nacimiento de la sismología.
Durante el siglo XX, maremotos devastadores se hicieron presentes
desde los primeros años. En 1906 un terremoto de 8,8 grados
en la escala de Richter afectó las costas de Colombia y Ecuador
y originó un tsunami que produjo 1.000 muertes. En el año
de 1938, Indonesia enfrentó una sucesión de tsunamis,
tras un sismo de 8,5 grados en la escala de Richter. El 1 de abril
de 1946 fue el turno de Hawai. En la península de Kamtchatka,
en la Unión Soviética, un fuerte terremoto de 9 grados
en la escala de Richter ocasionó un catastrófico tsunami
en el año 1952 que dejó como saldo más de 2.300
muertos; la onda expansiva alcanzó a sentirse en Perú
y Chile. En 1957, un movimiento sísmico de 9,1 grados en
la escala de Richter produjo un imponente tsunami que embistió
las islas Andreanof en Alaska. Un catastrófico terremoto
de 9,5 grados en la escala de Richter arrasó las costas de
Chile, dejando 5.700 muertos; el fenómeno llegó a
Hawai y Japón donde ocasionó 61 y 130 muertes, respectivamente.
Enlaces
National
Oceanic and Atmospheric Administration, NOAA |
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