Alicia en el país de Tim Burton
No posee el tono bizarro de películas como Edward Manos de Tijera, Sleepy Hollow. El jinete sin cabeza o Sweeney Todd. Pero sin ninguna duda, la nueva versión de Alicia en el País de las Maravillas lleva en su imaginativa puesta en escena el sello inconfundible de Tim Burton, un cineasta que ha transformado la ficción cinematográfica en una extensión de su particular universo: aterradoramente lúdico, barroco, atemporal y oscuro...tanto como el ser humano es capaz de las peores conductas y acciones.
Realizada en formato estereoscópico (3D), la lectura que ha realizado Burton, uno de los pocos cineastas estadounidenses al que el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA) le ha dedicado una exposición individual, se centra en la lucha del bien contra el mal; el primero, representado por la Reina Blanca y la segunda, por la Reina de Corazones, pero en su substrato, permanece el tránsito, a veces traumático, de la adolescencia a la madurez.
Y es que la Alicia de Burton no es la niña de seis años que inmortalizaron Disney y algunos otros cineastas, sino una joven de 19 años a la que su familia aristócrata empuja al matrimonio. Y es este hecho y la extraña aparición de un conejo blanco con paltó levita los que llevan a la protagonista a Wonderland, una tierra habitada por seres extraños y animales capaces de hablar; también, una tierra en la que esta muchacha se estira y se encoge a voluntad de unas sustancias que come y bebe, por cierto, posibles alusiones a los efectos de ciertas drogas alucinógenas con las que el autor del libro original, Lewis Carroll, aportó un oscuro trasfondo a una historia que definitivamente no fue escrita para niños.
Con todo, Burton, quizás bajo la supervisión de los Estudios Disney, desecha la oportunidad de dar una doble lectura a esas cosas que Alicia como y bebe y, aún más, a esa especie de gurú que fuma opio que es la oruga azul. Así, su versión termina por resultar inocua en su concepto y políticamente correcta, contraviniendo el espíritu mismo de Carroll.
Aún con tanta corrección, esta Alicia en el País de las Maravillas es una delicia por su diseño visual con detalles finísimos que resaltan mucho más gracias a la tecnología 3D y que a veces, eso sí, resultan excesivamente artificiosos y escandalosos como el perro rabioso que persigue a Alicia y sus amigos por el jardín del submundo que se pelean la Reina Blanca y la Reina de Corazones y cuya batalla final, en la que Alicia (interpretado con una mezcla de descorazonamiento, perplejidad y fortaleza por Mia Wasikowska) debe enfrentarse a un famélico dragón, degenera en una especie de añadido videojuego que desentona con el resto de la historia. Desentona como el protagonismo que Burton da al Sombrerero Loco encarnada por Johnny Depp.
¿Lo mejor de la Alicia de Burton? El fantástico Gato de Cheshire y la fascinante levedad de su ser...