Las huellas del Reventón
Aunque nació el Carora, estado Lara, el cineasta venezolano Jacobo Penzo mantiene una estrecha relación intelectual y afectiva con el Zulia. De hecho, tres de sus películas (Congo mirador, Borrador y Maracaibo blues) se han propuesto, bien desde el género del documental o el de la ficción, hacer un acercamiento más intimista que antropológico, social o político de algunas ciudades zulianas.
Algo de ello ocurre en la más reciente película del ex director de la Fundación Cinemateca Nacional, Cabimas, donde todo comenzó, cinta que combina de manera desordenada los códigos de la ficción y el documental para contar la historia de un periodista que se traslada, junto con un camarógrafo y un asistente, al lugar mismo donde se produjo en 1922 el descubrimiento del primer yacimiento de petróleo del país: el del pozo Barroso 2, que durante nueve días hizo llover negro en Cabimas, por lo que los habitantes de la zona recurrieron a San Benito para pedir que pusiera fin a ese chorro que emanaba del subsuelo y que les manchaba sus rostros.
Era el llamado Reventón, fenómeno que cambió la vida de Venezuela para siempre al convertir a este país, de la noche a la mañana, en una potencia petrolífera demasiado apetecible para las transnacionales dedicadas a la exploración y explotación de recurso natural no renovable. Y es allí donde Carlos (Carlos Carrero), el periodista e inconfundible alter ego de Penzo, toma la palabra para hallar las huellas que sobre los habitantes de Cabimas (y por extensión de Venezuela) dejó el petróleo.
Pero más allá de querer hacer un documental a partir del testimonio de la gente del lugar, el protagonista de Cabimas, donde todo comenzó parece enfrascado en la búsqueda de su propia identidad. Así, a las cavilaciones de Carlos se unen los momentos de auténtico alcance documental con apoyo de imágenes de archivo, las escenas de reconstrucción de los hechos históricos y el trance mismo de la realización cinematográfica.
Todo ello confluye en la arriesgada propuesta de Jacobo Penzo, a quien hay que reconocerle su decidido empeño de hacer un cine autoral alejado de las formas tradicionales de la narrativa y la puesta en escena.
Desdichadamente, la profusión de texturas visuales y el cambio permanente de lo que se cuenta en el documental y lo que ocurre en la ficción, complican la lectura del filme al punto que todo luce demasiado desordenado, sin una brújula que le indique al espectador hacia dónde va la historia.
Acompañan a Carrero, Raúl Medina, Nathassa Jiménez y el hijo del cineasta, Diego Penzo, quien además se encarga de la música.