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Sinopsis: |
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Bruno es un consentido niño hijo de un oficial Nazi. Su padre ha sido ascendido y deben mudarse de Berlín a una zona aislada en la que el niño no tendrá nada que hacer ni con quién jugar. Pese a las advertencias de su madre, el niño del pijama de rayas cruzará la alambrada y conocerá a Shmuel, un chico de su edad que vive en un mundo y realidad diferente a la de él. Al iniciar una amistad cada uno descubrirá cosas insólitas del mundo de los adultos.
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CRÍTICA |
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Error de cálculo
Antes de comentar la película El niño con el pijama de rayas, de Mark Herman, le propongo un ejercicio que le tomará algunos minutos si es que la conexión a Internet de su computadora es medianamente rápida: vaya a Google y escriba en el buscador “Auschwitz”. Luego pulse “imágenes”. Allí verá el primer motivo de ruido que se estableció entre quien suscribe y la cinta que cuenta la historia de la amistad entre dos chiquillos en medio del horror del holocausto.
El caso es que si observa con detenimiento las gráficas disponibles en la red, verá que el infausto campo de concentración nazi poseía alambradas, sí, pero éstas no eran más que parte de sus límites más distantes del exterior. Es decir, no eran precisamente alambres de púas los que separaban a los prisioneros de las personas que no lo eran y que bien podían callar por medio o denunciar la atrocidad que Hitler y su ejército cometieron durante la Segunda Guerra Mundial.
Para decirlo sin rodeos, la premisa de la que se genera la historia del filme de Herman no es lo suficientemente consistente como para que el espectador se crea el cuento del vínculo afectivo que establecen entre Bruno, un niño de Berlín que se muda a una cómoda casa de campo con su familia, y Shmuel, contemporáneo de éste, pero que es enviado, junto con sus parientes, a Auschwitz por el simple hecho de ser judío. Dada la seguridad de aquellos lugares, las probabilidades de que ambos se conocieran lucen remotas. Un error de cálculo que pone en entredicho credibilidad de esta película basado en la novela homónima de John Boyne. Nada más.
Ahora bien, si la lectura que se le quiere dar a El niño con el pijama de rayas es la de contraponer a la inocencia de los protagonistas lo que significó Auschwitz, el cineasta podría conducir al espectador a una encrucijada: o bien reacciona con sensibilidad superlativa al drama del niño con el destino marcado en su pijama de rayas, o bien entiende en más allá del horror, siempre hay espacio para la pureza y para la amistad. Sobre esta última alternativa –quizás el lector encuentre algunas más–, es difícil tomarla en cuenta cuando el saldo de aquel despropósito nazi fue el de 6 millones de personas asesinadas.
El más auténtico de los valores de El niño con el pijama de rayas radica en su reparto, sobre todo en el de los adultos que interpretan a los familiares de Bruno y Shmuel, capaces de decirlo todo con un gesto, una mueca, una mirada. Ellos son el mejor aliciente de la obra de Mark Herman.
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