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La filosofía siempre fue un campo de conocimiento de gran poder para la divinización de los conceptos, puesto que ella busca comprender la existencia, lo inteligible y lo inimaginable. También es la cumbre donde muchas mentes observan al resto. Desde que este conocimiento creó nuevas ideas, que a su vez crearon nuevos hechos, acciones, estudios y hasta cambios del pensamiento, la religión también ha debido transformarse: es imposible mantener estático el concepto del ser y, por ello el de Dios, cuando el conocimiento es todavía inabarcable. Aún hoy ante cada nuevo descubrimiento, tenemos que iniciar un nuevo viaje de autoconocimiento.

¿Quién somos?... ¿a qué venimos?... Son las preguntas que por mucho tiempo han ocupado un gran espacio en nuestra realidad, en el estudio del hombre y en el orden social y religioso. Como si el azar no existiera, muchos grupos de personas mantienen una adhesión particular hacia la realidad. Hay un orden privado que conservar, una meta en conjunto que es la espiritualidad, el retorno al origen. Las religiones han contribuido a prometer una realidad que supera la imaginación y todo lo creado: Dios. Su concepto ha sido utilizado para muchas causas, y en su búsqueda surgió la ciencia.

Es por esto que hace muchos siglos, la ciencia y la filosofía eran una sola, hasta que un gran pensador, Rene Descartes trazó una línea divisoria entre mente (espíritu) y cuerpo. Esta demarcación causó una separación, aunque no definitiva, entre la filosofía (psicología) y la ciencia (física).

La filosofía quedó mal emplazada luego de que se incluyó oficialmente dentro de las ciencias a la psicología. El estudio de la espiritualidad y su consideración como parte del campo físico fue dejada a un lado como otros misterios, como ideas innecesarias: un misticismo más próximo a la fantasía que a la realidad posible. El concepto del alma fue rebatido por la ciencia.

Sin embargo, el proceso del conocimiento en la vida humana ha sido cíclico, por ello la filosofía volvió a resurgir haciendo que hasta los científicos más notables sean influenciados por las corrientes espirituales.

A la vez, la psicología siguió madurando, y llegó a ser dividida en varias corrientes opuestas entre sí: el Conductismo, el Psicoanálisis, el Humanismo y la Transpersonal..


El origen del paradigma Transpersonal

Ya que en los últimos siglos el hombre ha realizado un esfuerzo considerable por ampliar el conocimiento sobre sí mismo y sobre la distintas dimensiones, sin lograr una total comprensión, surgió un movimiento dentro de la Psicología que expande el campo de investigación psicológica hasta esa experiencia de bienestar que persigue el ser humano. Esta se busca a través de creencias, comportamientos, ritos y modelos mentales. La corriente Transpersonal se nutrió tanto de la rigurosidad científica como de la sabiduría tradicional oriental.

Los orígenes de la Psicología Transpersonal se remontan al fin del siglo XIX con una disciplina esotérica denominada “Teosofía”, la cual influyó tanto a filósofos como a físicos, entre éstos a Max Plank y Albert Einstein, y asimismo a psicólogos como William James, Sigmund Freud y Carl Jung. Este último es considerado el pionero de un nuevo paradigma transpersonal.

Hacia los años 60, la idea tomó su cauce. Abraham Maslow fue el precursor de este movimiento. Maslow, había sido un gran personaje en la Psicología Humanista. Un tiempo después, dirigido hacia un nuevo paradigma inspirado por la corriente Jungiana, afirmó que el hombre tenía la posibilidad de abrir nuevas puertas hacia el bienestar: podía superar los límites de la identidad y lograr el control de la conciencia propia. Para todo ello es necesario un paradigma que no se detenga por barreras del mundo material.



El psicólogo tradicional debe ir más lejos dentro del campo que le interesa, ya que muchos casos médicos requieren una búsqueda que no encaja dentro de un marco conceptual ni teórico conocido. Es por esto que quien descubre la facción de lo personal, la cara del ser humano, debe abrirse a un misterio mucho más profundo, “la mente igual alma”, como hace siglos era conocida.

El escepticismo es el comienzo para fortalecer condicionamientos lúcidos de análisis, pero la terapia requiere una guía más amplia, debe dejarse orientar. Esta apertura es conocida como transpersonal.

El modelo Transpersonal no pone en tela de juicio a las anteriores escuelas, sólo amplia la concepción de la naturaleza humana, y por tanto atiende necesidades espirituales que pudieron ser consideradas antes como un cuadro patológico.

La psicoterapia Transpersonal afirma la posibilidad de experimentar una amplia gama de estados de conciencia, en algunos de los cuales la identidad puede ir más allá de los límites habituales del Yo y de la personalidad, algo similar a lo que considera el Budismo. Para esto los campos tradicionales de crecimiento deben incluir modificaciones de la conciencia.


Las herramientas de la Terapia Transpersonal

La Psicoterapia Transpersonal utiliza distintas herramientas para la autoobservación, para llegar a establecer un vínculo con aquello que se es. En palabras de Jung “es un proceso de individuación, que implica desplegar lo más profundo de sí para que se manifieste en todo su potencial. Esto implica llegar a ser un individuo: alguien que no está dividido”.

Según la represión del Atman: “eso Sagrado que nos anima, que es una porción de la vida, queda subyugado a la prisión de una personalidad que no le permite expresarse”.

Esta fricción interna es causa de dolor y extravío psicológico, derivado de la sensación de no ser fiel a sí mismo, de traicionar lo que nuestro ser necesita expresar.

Otros tres aspectos en los que el ser humano suele estar dividido son en los tres pisos básicos: intelecto, emoción y cuerpo, ya que en la mayor parte de nuestras vidas pensamos distinto de cómo sentimos, y actuamos en contradicción a ello. De ahí el origen de distintas subpersonalidades en nuestro ser. Hay divisiones internas más evidentes (ya que la personalidad humana está dividida en distintos “yoes”, muy diferentes entre sí, cada uno con su necesidad, con su impulso, con su dificultad). Sabiendo que dentro de nosotros conviven partes infantiles y adultas; partes agresivas y pasivas... esta pluralidad acapara nuestro bienestar, en donde sólo debería reinar nuestra única naturaleza, una unidad, una individualidad (un ser no dividido).

Según la Terapia Transpersonal, la persona es la máscara social, aquellos aspectos nuestros que están a la vista, tanto para nosotros mismos como para los demás. La sombra (el inconsciente freudiano), es en cambio, el conjunto de rasgos psicológicos reprimidos y que no están a la vista. Son aspectos que  nosotros mismos rechazamos porque nos avergüenzan, y por tantos los ocultamos a los demás y ante nuestra
propia percepción.

Hacer conscientes los aspectos sombríos es el trabajo transformador y profundo, que posibilita tener mayor contacto con la realidad interna y externa, con nuestra conciencia. Lo Transpersonal propone un renacimiento al Ser sin engaños, sin proyecciones, ni trampas. Otra licencia de la escuela Transpersonal es la de utilizar la razón junto a la intuición.






 
 

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