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  En su copa, globalización

En su copa, globalización
Ya no habrá dos estilos, dos mundos, sino uno. La guerra fría del vino ha terminado. Ha ganado Estados Unidos. Francia ha sido derrotada.

I

Confirmando la actualidad de la tendencia hacia la uniformidad, el viñedo francés acaba de rendirse. Lo hizo en Junio de 2008. Para sobrevivir en la globalización, ha decidido mimetizarse con el enemigo. Dormir con él. Parecérsele.

Ahora que todo será igual o parecido, todo vale. Eso incluye las trampas al consumidor. Se va a tolerar lo que estaba prohibido a las botellas francesas. El que se simule que un vino ha sido envejecido en barrica de roble, por ejemplo. Ahora en lugar de poner el vino en la barrica de roble, se ponen virutas de roble en las cubas de acero inoxidable. Así, el vino común “sabe a madera” y es más costoso.

El tanino de un vino debía provenir de la uva y su maceración. Ahora el tanino puede venir en un sobresito, para agregarlo a la cuba cuando haga falta.

Las regiones ya no existirán. El vino de mesa de calidad media, que antes se diferenciaba por el origen, ahora se diferenciará por la cepa. Francia autoriza hoy a sus viticultores, a vender según el sabor afrutado, al estilo norteamericano. Una cepa del frío podrá usarse en el calor, aunque la diferencia entre un vino y otro sea abismal.

Esto no es todo. Habrá mas, que seguramente no será contado. Prácticas enológicas prohibidas pasarán a ser válidas. Así, llegará a la microoxigenación, la adición de glucomananos para incidir en el juego de equilibrios coloidales, la modificación de la acidificación mediante compuestos químicos, y el vergonzoso uso de las máquinas de Spinning cone column, con las cuales la industria en Californiana ajusta el contenido alcohólico de sus Premium, para llevarlos a concursos.

Sólo el Champagne, los grandes vinos de Burdeos y de Borgoña, escaparán a la ola que volverá más competitivo al vino francés, para que se iguale a los que hasta ahora le quitan mercado.

II

La perversión del gusto volviéndolo uniforme, sin matices ni complejidades, huérfano de tierra y tradiciones, es un mal moderno. Para la globalización la personalidad, la geografía y el idioma, son un estorbo.