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  La versatilidad de una botella
No hay botella de vino que resulte tan versátil a la hora de sentarse a la mesa como el Jerez de España.

Si uno pretende moverse de los quesos al caviar, necesitará dos botellas diferentes de vino tradicional. Lo mismo ocurrirá si se enfrenta a una paella, a un plato de salmón ahumado, o al sushi y el sashimi japonés. Mientras que en el mundo de los frutos del mar, lo tradicional es un blanco para los mariscos y otro para ostras crudas, el conocedor salta de plato en plato agarrando una de Jerez.

Por si esto fuera poco, el Jerez sirve para iniciar la sinfonía de los aperitivos antes del almuerzo, y los canapés de una recepción en la noche. Le cae bien a las aceitunas, al jamón ibérico, y a las avellanas, nueces y almendras.

Esta versatilidad casi mágica no ha sido alcanzada por ninguna otra botella de vino en el orbe. Por eso el Jerez ocupa un sitio especial en el corazón y en el conocimiento enológico. No existe enciclopedia sobre vinos en el mundo que no le dedique a este particular vino español un capítulo aparte. Sobre su elaboración, Ud. podrá encontrar detalles sobre su origen, proceso de elaboración y crianza, etc. en los archivos vivos de esta Guía del Placer.

Esa es también la razón por la cual en el hogar de los conocedores, siempre está a mano una botella de Jerez. Además de la española, la cultura inglesa contribuyó a la difusión de este hábito en el mundo durante el siglo XIX, y a partir del siglo XX los bebedores aristocráticos comenzaron a sentir compañía en su predilección, cuando los ciudadanos de la modernidad sacaron la botella de los restaurantes de mariscos y tapas para llevarla a terrazas, restaurantes chinos y japoneses, y sitios de buen ver. Esta movilidad social y gastronómica está en proceso, con distinta intensidad, en diferentes regiones en el mundo.

En el Caribe y en otros destinos calurosos, hay que preservar la calidad de la botella del Jerez con dos detalles fundamentales previos al servicio. El primero, la temperatura. El Jerez se bebe frío, bien frío. El segundo, la oxidación. Las botellas de Jerez no son una rareza o extravagancia, que después de abierta se guarda esperando otra ocasión especial de degustación. Como ha quedado demostrado en la cocina, se trata de un vino dotado de una versatilidad única, razón por la cual es casi un pecado guardarla como si fuera un coñac y no un vino.