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Homenaje
al hijo del panadero
La esperanza
vive en los aromas de la infancia. También perduran en ellos
cosas com-plejas de definir, fundamentales para vivir, que puedo
enunciar en palabras cortas, fuer-tes, imprescindibles a cada cultura.
Ética, es una de ellas. Patria, hogar, trabajo, digni-dad,
son otras. Todas se sientan a la mesa.
No
carga uno esos aromas en el bolsillo, o en un set bajo el brazo,
sino en la memoria. En la lembranza, palabra mágica del portugués
que seguramente forma parte de los complejos del alma.
I
En
el pasado, los boticarios almacenaban en frasquitos los aromas con
definiciones cor-tas del vino. Lo hacían para que los catadores
que llegábamos de las ciudades recordá-ramos en el
cemento el significado de las trazas aromáticas. Quienes
venían del campo, no necesitaban eso.
Hoy,
con la visión del vino como algo nuevo para presumir, nuevos
catadores compran sets de estos frasquitos. “Con éste
aprenden qué es un blanco italiano, y con aquél, qué
es la tempranillo” dice la publicidad. Se venden por miles
en las ciudades. “¡Ahh, made-ra, este vino tiene mucha
madera¡” proclama el confundido por la novedad, después
de beber un sorbo tratando de recordar lo que olfateó en
el frasquito. No ha tenido aún la suerte de tropezar con
el profesor que le recuerde que la madera no se come. Que el vino
no es terroir, cepa y barricas, sino hombres y mujeres trabajando.
Que los aldehí-dos fenólicos del tostado medio del
roble, evocan vainilla, pero son eso. No vino. Por ignorarlo, se
venden hoy decenas de millones de botellas de vino tinto elaborado
con virutas de roble, para simular que fue envejecido lentamente
en costosas barricas de roble francés.
II
Eugenio
se llama el hijo del panadero. Intercambiamos saludos, entre un
plato con me-moria de la cocina campesina, y un tinto de campesinos
del vino, cuando coincidimos en el Mesón de Andrés
Rodríguez, en la avenida Francisco de Miranda en Caracas.
Montejo se llama
el panadero. Observándolo convertir la harina en pan, trabajando
por las noches, su hijo hizo del sitio y sus ritos su primer taller
literario. Allí aprendió el valor y significado de
las palabras cortas que marcan los estilos de vida de los ciudada-nos.
Lo contó en “El Taller Blanco” (1983).
Hollywood ha
vuelto famoso a este poeta venezolano. El guionista mexicano Guillermo
Arriaga, hizo recitar en la película 21 gramos (2003) un
fragmento suyo: "La tierra giró para acercarnos, / giró
sobre sí misma y en nosotros, / hasta juntarnos por fin en
este sueño". El poema, le ha dado la vuelta al mundo.
La vida de un
país -piensa uno, con un periódico de Madrid abierto
entre las manos y en él la de foto del hijo del panadero
de Caracas- está cargada de aromas que evocan virtu-des y
reflexiones para vivir. Premio Nacional de Literatura en 1998, ex-embajador
en Portugal, Eugenio es poeta que no calla.
Deberíamos
leer en restaurantes, tascas y café terrazas las cosas que
él escribe, y que no enseñarán en el nuevo
currículo escolar, ni en los liceos. Porque de Eugenio Montejo
aprendemos, por ejemplo, que la harina no es harina. Es hombres
y mujeres que amasan esperanzas.
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