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  La cultura del desayuno

La cultura del desayuno

En menos de cincuenta años a la sociedad contemporánea se le ha inducido con eficiencia y goce, a desayunar con rapidez, mínimo esfuerzo y publicitado balance energético. Hace un siglo, solo desayunaban así los gatos de la aristocracia y de las viudas adineradas.

A uno le parece bien que a la hora del desayuno cada quien coma lo que desee o le venga en gana. Lo que molesta es advertir de pronto y sin que el tema haya sido debatido, el ADN de los desayunos solo habla inglés.

Han desaparecido países, regiones, ciudades y familias. Hacia la homogenización planetaria de la mesa, en las mañanas desde Canadá hasta la Patagonia, desde Galicia hasta la última ciudad turca, se renuncia a las riquezas nacionales de los desayunos familiares para sustituirlos por los crea­dos por las fábricas del fast-food.

Dicen los nutricionistas ortodoxos que no comer un trozo de piña para susti­tuirlo por fibra de fábrica, no solo es renunciar al sabor sino también creerse todas las fábulas que alrededor de los desayunos ha creado las usinas de la comida en caja, pote o cápsula.

En ese afán, las fábricas del bocado mañanero no han tenido poca ayuda. Los acompañan gozosos en la venta de ilusiones los partidarios de la vitamina encapsulada, los mercaderes de la aleta de tiburón y otros astrólogos de la salud.

Sometida a bombardeo informativo, la gente termina convencida: la fibra artificial es mejor que la fibra que na­turalmente contienen los alimentos. Quien no desayuna "a la ameri­cana" pareciera estar fuera de época.

El "desayuno americano" de los ciudadanos norteamericanos ha pasado de un ex­tremo del pén­dulo al otro. Primero era fuerte poderosa en grasas y carbohidratos. Se componía de tocineta frita, huevos fritos o revueltos, salchichas, pan y café. Ahora, desayunar "a la americana" es comer avena u otro cereal con leche, y como bebida, un jugo con moralidad ecológica.

Desde hace algunos años, bajo la presión de la Dirección de Ali­mentos y Medicinas de Estados Unidos, centenares de productos en­latados o envasados para desayuno están bajo revisión porque les prohibirán que in­diquen supuestos beneficios para la salud, cuando este atributo no haya sido probado cientí­ficamente y admitido por el gobierno. El encargo aparentemente jamás tendrá fin: Por cada cosa prohibida nacen cuatro con promesas similares.