Chef
gana en las escuelas, una batalla contra la "comida chatarra"
Al
principio fue duro. En las cantinas escolares no tenían ganas
por cocinar. Y los muchachos, a veces vomitaban la comida sana para
reclamar que les dieran comida chatarra. Pero al final se impuso.
La campaña para mejorar la alimentación de los escolares
promovida por Jamie Oliver, el más famoso de los cocineros
británicos, surtió efecto. De
29 años, y con dos hijas en edad preescolar, el popular chef
ha conseguido con una serie de televisión el compromiso del
Gobierno de Tony Blair de invertir 280 millones de libras (unos
400 millones de euros) en los comedores de los colegios estatales
de Inglaterra durante los próximos tres años.
Oliver demostró
en su programa de televisión que se puede mejorar la calidad
del menú escolar aún con un presupuesto limitado.
Con su delantal de cocinero, se hizo cargo de los fogones en las
escuelas de Greenwich, en Londres, y ayudó a las encargadas
de la cocina a preparar platos simples y nutritivos elaborados con
productos frescos. Los ingredientes procesados mecánicamente
y los alimentos basura fueron prohibidos en el menú escolar.
No fue fácil,
dijo el chef. En las cantinas escolares se ha perdido la costumbre
de cocinar y algunas no disponen siquiera de cocinas en regla. El
trabajo se limita a recalentar comida procesada, a freír
patatas congeladas o servir bocadillos y otros alimentos fríos.
Frente a las cámaras, Oliver tuvo que reeducar a las cocineras
y, más difícil aún, convencer a los pequeños
de que los guisos y la verdura pueden ser tan sabrosos como los
sucedáneos de carne o el puré de sobre.
Los niños
lloraban y gran parte de la comida terminó en la basura los
primeros días. Con la ayuda del profesorado, Oliver aplicó
remedios creativos en su cruzada por cambiar hábitos adquiridos.
Organizó juegos y fiestas para familiarizar a los alumnos
con productos naturales, como el tomate o el brócoli.
Convenció
a los más reacios a probar "esa comida tan rara"
con un ejemplo práctico: echó piel de pollo y restos
de huesos en una batidora para demostrarles el origen de unas croquetas
que acostumbran a comer los niños ingleses. Nadie volvió
a probarlas y, según los profesores, los colegiales mejoraron
en disciplina y concentración a los pocos días de
imponerse el nuevo régimen alimenticio.
"Llega
con un retraso de 20 años, pero es una ayuda adecuada",
dijo Oliver respecto a la inversión prometida por la ministra
de Educación, Ruth Kelly.
La ayuda adicional se anunció poco antes de que Oliver entregara
al primer ministro una petición firmada por 271.677 personas.
Parte de los 400 millones de euros se destinarán a la fundación
School Food Trust, un ente asesor para la mejora de la calidad en
el menú escolar. Además, la comida será objeto
de una inspección regular por parte del Gobierno y todos
los colegios deberán servir alimentos calientes y nutritivos.
La comida basura
no desaparecerá todavía de las cantinas escolares,
pero en Inglaterra ha comenzado una revolución.
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